Israel Álvarez
Israel Álvarez

Los caminantes que en las horas activas son el fluido de las ciudades regresan a sus contenedores a prepararse para los siguientes traslados venideros, hasta que un día los móviles cuerpos se hacen viejos

Cuando se sale de casa, se suele tener más o menos un destino, regularmente es el trabajo, la escuela o cualquier punto fijo después de la puerta, siempre y cuando no se quiera caer en el riesgo de vagar sin rumbo, que no es otra cosa que desconocer destino inmediato o carecer de meta de llegada, andar, irónicamente, como si el tiempo “corriera” lento. Vagar es tomar el camino más largo para no llegar a ningún lado.

Las banquetas se inventaron, entre otras cosas, para que la gente pudiera andar por las calles en un nivel distinto, que permitiera un mayor flujo y seguridad para gente desproporcionada de motor mecánico; las banquetas son las carreteras de los peatones que saben que las máquinas tienen prioridad en los caminos de los simples mortales; desde niños, los potenciales peatoncillos son advertidos respecto a la inseguridad que resulta debajo de las banquetas, sobre todo por los despreocupados conductores; en vialidad los peatones suelen ser los amables y educados.

El número de personas que caben en una banqueta varía dependiendo de la ciudad o pueblo que las contenga, son espacios de tránsito libre, pero cuyos destinos pueden variar considerablemente: en las playas son amplias porque regularmente la gente camina en grupo, lentamente; en las grandes y veloces ciudades donde los caminantes tienen específicos destinos, suele caber una persona, quizás dos, no hace falta más; en los lugares turísticos donde se ejerce vagancia, caben libremente dos o más lentos cuerpos, los caminantes sin que nadie les indique, administran sus espacios respecto a los otros, que también vienen y van; las banquetas no son para quedarse, el ritmo de la ciudad también resulta en los pasos de los autotrasladantes.

Según las usanzas, los cuerpos se acomodan; curiosamente algunos caballeros, machos, conservadores, o como se les quiera llamar, suelen posicionarse en el lado externo de las banquetas, siempre y cuando una dama, mujer, fémina, tradicionalista, o como se le quiera llamar, sea parte de la dupla caminante, de otro modo, no tendría mucho sentido el de por sí ya absurdo acomodo, además de que, caminar no requiere una tan racional y consciente realización.

Al parecer, hasta hoy no hay una metodología estricta sobre la ocupación de los cuerpos en las banquetas, lo cual resulta en el desconocimiento sobre dónde van los que vienen y que se estorban unos más que otros, las disculpas son parte del lenguaje habitual del presuroso caminante, sobre todo si el que vaga se topa con el de la prisa, o viceversa.

Todavía en ciertos pueblos cuyas calles siguen alojando la calma, algunas personas sacan las sillitas a las banquetas, que sirven para ver pasar el resultante entre la gente y la nada, las palabras que se cruzan en esa dinámica suelen ir cargadas de la misma calma y vagancia que impregna los pasos de los carentes de prisa; en las cosmopolitas ciudades, casi cualquier cosa estorba en los trayectos, incluyendo los peatones, sobre todo si se detienen como si no hubiera cosas más importantes qué hacer, los intentos de charlas en las banquetas de las grandes ciudades es garantía de múltiples “compermisos”, acompañados de codazos o bolsazos contra el estorboso cuerpo que se salió de la velocidad requerida.

Los incivilizados caminantes que se bajan de las banquetas corren el riesgo de recibir recordatorios sobre lo vulnerable de los cuerpos sin vehículo, aunque lidiar con la molestia de esperar en espontáneas filas puede causar la frustración que la lentitud supone, la agilidad urbana requiere ignorar las nimiedades callejeras. La tolerancia del mexicano se calcula considerando una relación directamente proporcional entre la distancia de banquetas por recorrer y el tránsito peatonal momentáneo; las horas pico son las peores para moverse porque son en las que todos se mueven, llegar temprano a cualquier lado depende, en buena medida, de haber llegado tarde previamente, existir civilizadamente también obliga considerar tiempos y distancias, sobre todo por la falta de omnipresencia del peatón común.

Al final de la jornada, siempre están las banquetas, los escalones y las paredes que hacen las veces de sitios de descanso al carecer de recintos apropiados para tan complicada tarea, los caminantes que en las horas activas son el fluido de las ciudades regresan a sus contenedores a prepararse para los siguientes traslados venideros, hasta que un día los móviles cuerpos se hacen viejos, las banquetas estarán ahí esperando recibiendo sus menos frecuentes y rítmicos pasos, que eventualmente se detendrán y quedarán fijos, como las banquetas, que por lo regular son difícilmente percibidas por los ocupados caminantes; ya entonces, se podrán ocupar en ver la nada, volverse inmóviles y quizás estar sobre las banquetas sin estorbar más a nadie, como si por fin las prisas carecieran de velocidad o hasta de sentido.

COLUMNA: EL SUEÑO DE LA RAZÓN

AUTOR: Israel Álvarez

CABEZA: Entes de banqueta


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