David H. López
David H. López

El recuento bélico del mundo el día de hoy es de 63 guerras activas. Mientras escribo esto, hay en otros lugares del planeta conflictos armados que hieren y destrozan cuerpos, enlutan familias, alteran futuros. ¿Causas? ¿Razones? Conflictos “justificados” o no llegan a lo más hondo de la escencia humana, el desdén a la vida.

México participa del recuento. La llamada guerra contra el narco está considerada en esa estadística y aporta cifras fatídicas: un número de muertos que no ha logrado mitigarse ni antes ni después del ascenso al poder de la llamada cuarta transformación.

Hemos vivido en zonas de guerra que no se comparan con el Irak o el Afganistán de la primera década del siglo, pero los mexicanos, que habíamos “tranquilizado” nuestra vena guerrera, la tara histórica de resolver conflictos políticos a balazos que nos venía desde la revolución de independencia, la reforma, las intervenciones colonialistas, rebeliones como la que llevó al poder a Porfirio Díaz y, desde luego, la Revolución, desde que nuestra guerra civil disparó el último cartucho, México estaba en —relativa— paz.

En términos oficiales, no fue sino hasta la guerrilla urbana de los setentas y tiempo después el estallido zapatista en enero de 1994, que México rompió esa paz. La tensión aumentó en ese convulso año en que Colosio fue asesinado. Con todo, el país transitaba con cierta tranquilidad del nacionalismo al neoliberalismo anhelando una etapa definitiva de paz social. No sucedió.

No fue sino hasta diciembre de 2006 que Felipe Calderón emprendió la llamada guerra contra el crimen organizado, que nuestra generación terminó de asumir una macabra realidad, nuestro país fue territorio de guerra: escenario de estrategias con trasfondo armado donde cada una de las partes tiene el objetivo de aniquilar al rival.

En el contexto de un mundo convulso y en el marco de 200 años de proclamarnos nación independiente, resulta relevante cuestionarnos, ¿qué tipo de país queremos? La sociedad mexicana incluidas sus élites han optado por dejar atrás la historia de cruentas guerras civiles para optar por la democracia.

Enumero el contexto y el pasado porque en momentos parecemos olvidar de dónde venimos. Y es comprensible. Fueron tiempos de transformación que también pasaron por episodios de horror y preferimos omitirlos de la plática cotidiana, pero cuando las generaciones pierden el contacto con la historia por lo mismo se perfilan a —válgame el cliché— repetirla.

Cuentan los abuelos de hoy que sus abuelos relataban las etapas finales de la revolución y en momentos nos vemos reflejados en algunos episodios. Por ejemplo, el extremo cuidado y sobreprotección en el que se tenía a los niños porque en esa época “se los robaban”. ¿Nos suena?

Por ello es necesario afirmarnos en valores pacíficos y democráticos. Parafraseando a un personaje de Almodóvar, “la paz no tiene olor ni sabor, y cuando te acostumbras es como si no estuviera”. La damos por sentado y sin darle el debido mantenimiento.

Paz y democracia son un binomio indisoluble y frágil sin el cual vuelve la incertidumbre convulsa. Para ellas, se necesitan ciudadanos pacífistas (no sólo pacíficos) y demócratas.

¿Hasta dónde llega nuestro deseo? ¿El lenguaje? ¿Será exagerado si decimos que la llamada “polarización”, si no la controlamos podría ser preámbulo de una escalada física?

Yo no sería tan alarmista, pero no se interprete la moderación como una forma de incitar a más lenguaje polarizante. Si nuestra visión es que el país deje atrás la violencia, debemos comenzar por construir la paz con diferentes mentalidades y formas de hablarnos.

A 200 años de ser país, tenemos claro que deseamos un México pacífico y democrático. No archivemos el proyecto, sino construyámoslo todos los días.


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