Armando Fuentes
Armando Fuentes

Una sexoservidora le dijo a otra: “Debemos estar tranquilas por nuestro trabajo, Mesalinia. A nosotras no nos puede sustituir una máquina”. Doña Trisagia fue a confesarse con el padre Arsilio, según era su costumbre diaria. A fin de anunciar su presencia dijo la frase sacramental: “Ave María Purísima”. Le contestó una voz áspera: “Buenas tardes”. La feligresa se sobresaltó: “¿Es usted el señor cura?”. “No -respondió el de la voz-. Soy Cástulo el carpintero. Estoy arreglando el confesonario”. Quiso saber doña Trisagia: “Y el padre Arsilio ¿dónde está?”. Replicó el carpintero: “Si ha oído lo que yo he estado oyendo aquí, seguramente fue a dar parte a la policía”. Dulcibella le contó a Cicutina: “El muchacho con el que voy a casarme es muy gentil. Dice que soy hermosa, simpática e inteligente”. Cicutina se escandalizó: “¿Y te vas a casar con un hombre que aun antes del matrimonio ya te está mintiendo?”. La palabra “virtud” no es políticamente correcta. Proviene del latín “virtus”, que significa virtud y también fuerza. A su vez “virtus” viene del vocablo “vir”, que quiere decir hombre, varón. Todo eso no lo digo yo, hago la pertinente aclaración: lo dicen las etimologías. Contra ellas, y no contra el autor de estos renglones, deben ir los defensores de la igualdad de géneros. En su olvidado catecismo el buen padre Ripalda enumeró siete virtudes: tres teologales y cuatro cardinales. Las primeras, don de Dios, son la fe, la esperanza y la caridad, entendiendo por caridad no dádiva o limosna, sino amor, palabra para algunos clérigos incómoda, y por lo tanto traducida con ambigüedad. Las virtudes cardinales, esto es principales o fundamentales entre las cualidades humanas, son la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. En tiempos de dificultad -todos lo son en mayor o menor medida- esas siete virtudes, sobre todo las teologales, ayudan a sobrellevar los duelos y quebrantos de la vida, animan el ánimo desanimado y ponen luz en medio de la oscuridad. Hoy por hoy, flagelados por el azote del coronavirus, tenemos especial necesidad de la esperanza en el sentido humano. Tal esperanza ha aparecido en la forma de una vacuna creada por la empresa AstraZeneca y la Universidad de Oxford, y que habrá de llegar a México gracias a la Fundación Carlos Slim. Por fin se ve una luz al final del túnel, si me es permitida esa expresión inédita. Esperemos, pues, con esperanza, y mientras tanto sigamos observando las medidas de sanidad que aconseja la prudencia, como el confinamiento, la sana distancia y el empleo de cubrebocas, sin importar que López Obrador no lo use. (Él es líder moral, no de contagios). Un hombre bien vestido y una guapa mujer entraron en la elegante tienda especializada en pieles finas. El hombre le pidió al dueño de la tienda que le mostrara el más caro abrigo que tuviera en existencia. El peletero le presentó el mejor, uno espléndido de visón. “¿Cuál es su precio?” -preguntó el comprador. Se lo dijo el de la tienda. El hombre hizo un cheque, se lo entregó al dueño del establecimiento y le indicó: “Ya sé que hoy no hay bancos por ser sábado. Dejaremos aquí el abrigo y vendremos a recogerlo el lunes por la tarde, una vez que haya cobrado usted el cheque”. El lunes en la tarde, efectivamente, llegó el tipo. En esta ocasión no lo acompañaba la mujer. El dueño de la tienda lo recibió de muy mal modo. “El cheque que me dio era falso -le dijo con enojo-. Ni siquiera tiene usted cuenta en ese banco”. “Es cierto -respondió con cachaza el individuo-. Solamente venía a disculparme por la molestia que le di y a agradecerle el espléndido fin de semana que pasé”. FIN.

 

MIRADOR

El hombre soñó que estaba soñando que estaba soñando que estaba soñando.

Cuando despertó de su primer sueño se dio cuenta de que estaba soñando que estaba soñando.

Cuando despertó de su segundo sueño se dio cuenta de que estaba soñando.

Cuando despertó de su tercer sueño se dio cuenta de que todo había sido un sueño.

El hombre sintió tristeza por haberse despertado.

Estar soñando era mejor que estar despierto.

Entonces se volvió a dormir.

Y volvió a soñar.

Soñó que estaba soñando que estaba soñando que estaba soñando.

Cuando despertó de su primer sueño.

 

¡Hasta mañana!…

 

 

MANGANITAS

“Subió la Bolsa”

Eso implica una ventaja,

según lo interpreto yo.

Pero ¿cuál bolsa subió?

La mía la veo muy baja.


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