David H. López
David H. López

En breves trazos enumeramos la nostalgia.

  1. El tráfico infernal de la ciudad. El coche a vuelta de rueda, prender el radio para conocer de paso las últimas noticias o saber las razones –que bien sospechamos– de ir “con retraso”, “con prisa” a nuestro destino: casa, trabajo, reunión de negocio. Tocar frenéticamente el teléfono para consultar las aplicaciones (Waze, Googlemaps) y calcular cuánto tardaremos…
  2. Las filas: interminables, roba-tiempo. Los baby boomers –por ejemplo– disfrutaban esos momentos; esta generación prófuga de las apps para hacer, en pocos minutos, pagos y trámites… hoy vive confinada. Los Xgen al representar esa transición entre lo automatizado de las redes y lo presencial y “tangible” también extrañamos cuando las circunstancias nos robaban horas de nuestra existencia en hacer esas tediosas y extrañadas colas.

III. Derivado de lo anterior, el restaurante abarrotado. Pedir turno para armar una mesa. En ciento veinte días vimos cómo se esfumó esa breve burocracia de apuntarse en un listado para sentarnos a departir, comer, negociar, reír, quejarnos…

  1. Las tumultuosas reuniones. Gran acontecimiento, cuando el influencer de adolescentes millenials recientemente reseñó por Youtube su primer ida al cine desde que comenzó el confinamiento. En la excursión los pequeños detalles de antes se vuelven de total relevancia: distancia entre asientos, estrictas reglas para comprar palomitas y refrigerios, cuando no está de plano prohibido. Pero ¿qué hay de los antros “de moda” en viernes o sábado? Antes –hasta febrero– seguía siendo convencional esperar pacientemente una larga fila (véase punto I) para entrar a un lugar en el que a duras penas se podía caminar. Los demás ejemplos de esto, son cuestión de escala: reuniones familiares, tertulias en casa, las reuniones de los martes (o jueves o cualquier día)…
  2. Variante de lo anterior, los espectáculos masivos. Fue noticia nacional que un concierto en el Foro Sol de la Ciudad de México fue foco de infección del COVID-19. En la lógica donde el virus se esparce por las concentraciones masivas, todos los conciertos han quedado pospuestos –o de plano cancelados– hasta fin de año. Lo mismo para concentraciones similares como el fútbol y otros deportes.
  3. Los viajes. Han quedado damnificados los complejos turísticos de todo tipo. Desde la Riviera Maya, el Centro Histórico de la capital del país y Zacatecas. En muchos casos hay desde establecimientos heridos de muerte, hasta emporios como Airbnb, la plataforma basada en Internet para rentar espacios en todo el mundo; la postración es total porque las personas no están.

VII. Otra variante, los aeropuertos. Un “lujo” para quien de plano debe transitarlos. Desde la barbarie terrorista de 2001 que impuso los detectores de metales y quitarse los zapatos, hoy tenemos encima otra imposición, la sanitaria con todos sus derivados.

VIII. La “sana distancia” algunos la equiparan a lo que antes se llamaba el “espacio vital”; antes, no era socialmente mal visto violarla, hoy hacerlo raya en la transgresión humanitaria.

  1. Los rostros completos. Detrás de un cubrebocas se esconden unos labios que expresan estados de ánimo. Han llegado a nuestro WhatsApp memes que bien lo dicen: ¿para qué sonrío al dar las gracias o al pedir algo, si como quiera mi boca no se ve? Empresas ya trabajan a marchas forzadas en el diseño y manufactura de mascarillas transparentes que, además de descubrir esa zona vedada del rostro, nariz y boca, llevarán integrado un micrófono para hablar por celular sin exponernos o exponer a nuestras micropartículas. En tiempos de pandemia por un giro que agoniza otro incuba.
  2. De nuevo: éramos felices y no lo sabíamos.

Bis. De todas las anteriores –y las omitidas– usted, ¿Cuál extraña más?

 

@vidolopez

 


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