Ricardo Monreal Ávila
Ricardo Monreal Ávila

Parecía algo difícil de concretar. Un presidente republicano de derecha que había hecho del antimexicanismo su bandera de campaña. Un presidente mexicano de izquierda (el primero en la historia), que durante su campaña hizo de la defensa de la soberanía nacional el eje de sus respuestas a Trump. Parecían como el agua y el aceite. Pero la política y las circunstancias hicieron su trabajo y lograron la combinación adecuada.

El encuentro entre AMLO y Trump refrenda la importancia y el nivel de integración que ha alcanzado la relación entre ambos países, más allá de las posturas ideológicas, programáticas y hasta personales de sus mandatarios.

Las reuniones de esta semana en Washington demuestran que se equivocaron los extremos: quienes apostaron al choque de trenes como estrategia política, por un lado, y a la sumisión y postración como política de Estado, por el otro. Lo que la historia del siglo XIX convirtió en trauma y distancia, la política y el libre comercio de las últimas décadas lo transformaron en entendimiento y acuerdo.

La lección de este encuentro es clara: México y Estados Unidos son distintos, más no distantes; son diferentes entre sí, mas no indiferentes a lo que acontece en ellos.

El actual gobierno mexicano, surgido de una larga lucha social y electoral desde la izquierda, ha encontrado en la interdependencia, no en el aislamiento ni en el proteccionismo, la mejor forma de defender la soberanía nacional.

Tampoco el entreguismo de un gobierno que permitió intromisiones graves, como el operativo “Rápido y Furioso”, ni la abyección de una administración que se puso de tapete para entregar la casa y las llaves, son la conducta distintiva de un gobierno que llega a este encuentro con dignidad y legitimidad plenas.

Lo anterior atañe a las formas y a la circunstancia en que se realiza este primer encuentro entre dos presidentes con biografías, trayectorias y formaciones políticas distintas. Lo de fondo, sin embargo, no hay que perderlo de vista. Esta semana inicia un nuevo ciclo largo en las relaciones entre México y Estados Unidos, que impactará la vida, la economía, la sociedad, la ecología y la cultura de por lo menos las próximas dos generaciones de habitantes de América del Norte.

Paradójicamente, los principales beneficios para México del primer TLC no fueron propiamente de desarrollo económico ni de igualdad social (generó islas de prosperidad en medio de un océano de desigualdades), sino de apertura política, democracia electoral y derechos humanos. El libre comercio con la primera potencia mundial abrió la economía de Estado y el caparazón del autoritarismo político mexicano.

El T-MEC deberá enfrentar en buena medida los pendientes de su antecesor e ir más allá del comercio: elevar la competitividad de una región del planeta que enfrenta la emergencia de otras potencias regionales (Chinindia, UE y Asia); mejorar la calidad de vida de las y los trabajadores mexicanos, aumentando la masa salarial en función de su productividad y democratizando sus representaciones sindicales; impulsar un modelo sostenible de producción económica y protección de recursos naturales, y reducir significativamente los tramos de desigualdad que mantienen fracturado, polarizado y dividido a México.

Tales son los indicadores con los que el futuro juzgará si lo que celebramos hoy fue un acierto o un error.

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