ALEJANDRO CASTAÑEDA, ALBERTO MORONES, KAREN CALDERÓN Y SAÚL ORTEGA/NTRZACATECAS.COM
ALEJANDRO CASTAÑEDA, ALBERTO MORONES, KAREN CALDERÓN Y SAÚL ORTEGA/NTRZACATECAS.COM

Trabajadores del sector salud en Zacatecas se han enfrentado a COVID-19 durante casi cuatro meses, desde que fue detectado el primer caso en el estado hasta ahora, cuando consideran que lo más urgente es que el resto de la población les demuestre su apoyo y haya un verdadero trabajo conjunto, pues los contagios siguen en aumento.

Con mil 104 positivos confirmados y 121 decesos, si bien la entidad tiene una de las menores tasas de incidencia en el país, se mantiene en incremento desde hace al menos ocho semanas, al pasar de 25 a 120 casos por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con la más reciente actualización. Hasta el más reciente corte, se registraban 62 contagios entre personal de salud.

Quienes están en la primera línea en el combate expusieron que se han alejado de su familia “para que otros regresen con bien a la suya”, han enfermado, perdido a los suyos por el virus, sufrido ataques y discriminación; sin embargo, afirmaron que continúan su labor para ayudar contra la pandemia, por lo que pidieron corresponsabilidad. Rocío, Roberto, Verenice y Daniel dan cuenta de sus experiencias.

 

Discriminada

Rocío se desempeña como trabajadora social suplente en el Hospital General IMSS de Fresnillo. Ella no sólo ha lidiado con el dolor de pacientes diagnosticados positivos, sino con el propio. Haberse contagiado la afectó física, emocional y socialmente, además de repercutir en seis integrantes más de su familia, de quienes murió uno: su padre.

Ella ingresó a cubrir una incapacidad a partir de marzo. En aquel mes la pandemia alcanzó a Zacatecas y, con ella, lo que Rocío define como la peor etapa en su vida; su contagio fue por contacto con otro paciente positivo, uno de sus hermanos.

“Mis (dos) hermanos son médicos. Adquirimos el contagio por uno de ellos qué es médico general y atendió un paciente con COVID; en su momento, no le quisieron hacer la prueba en los servicios de Salud, fue trasladado al IMSS Jerez, donde se la hicieron.

“Después de cinco días, le entregaron los resultados al IMSS, pero a mí hermano se le notifica hasta el octavo día que es positivo; a partir de ahí se aisló, pero ya habíamos tenido contacto con él”. En la casa de Rocío vivían cinco personas: su padre, madre, un hermano, su hija y ella.

Cuando su hermano comenzó el aislamiento, todos siguieron los protocolos establecidos: su comida era entregada en bolsas que se dejaban afuera de su cuarto, que se encontraba en un segundo piso y al que nadie tuvo acceso; sin embargo, “los casos en la familia se fueron dando de manera pausada para todos”.

“Primero fue mi hermano, de 29 años. En ese momento tenía algo de catarro, fue del modo en que se presentó el virus. Él finalizó su aislamiento y fue hasta después que el segundo contagio se da en mi padre”.

El contagio de su hermano fue confirmado el 27 de marzo y el de su papá el 11 de abril, luego solicitaron pruebas para su madre, una mujer de 74 años, y el 14 de abril supieron que también ella era positiva. Después, para el 16 de abril, fueron su hermano, nuera y Rocío.

En cuanto a su pequeña hija, de sólo 7 años, la institución médica se rehusó a realizarle la prueba COVID porque no presentó sintomatología; sin embargo, al igual que todos en la familia, fue aislada en cuartos distintos y la familia estuvo separada por más de dos meses.

“La verdad fue muy complicado porque (otros familiares) nos dejaban la comida a cinco metros de la casa, en la calle; lo más difícil fue aislarnos todos, separarme de mi hija, no nos abrazábamos, no dormíamos juntas, fue muy difícil, sin contar el pesar de no tener a papa en casa”.

Cuando creía que las cosas no podían empeorar, el 23 de abril su padre estaba por ser dado de alta, pero por las secuelas que dejó el virus en su cuerpo tuvo una trombosis pulmonar. “Nos dijeron que mi papá iba a utilizar tres tanques de oxígeno al día. Ya teníamos una mini clínica en casa por todo lo ocurrido y ese día nos hablaron por la mañana para avisarnos que había fallecido”.

“El ISSSTE (donde estaba hospitalizado) entregó el cuerpo a una funeraria en Jerez donde tienen crematorio, lo incineraron de inmediato; para las 6 de la tarde ya nos habían entregado las cenizas en su urna y fue todo, ya no tuvimos la oportunidad de despedirnos de él”.

Todo el dolor y sufrimiento por el que pasaron continuó, por la discriminación y las amenazas que hubo después contra la familia; en sus trabajos, sus integrantes vivieron un trato indiferente, pues aún en los hospitales, “al interior de sus cuatro paredes, se tiene mucha ignorancia”. “Para la gente éramos apestados”, lamentó Rocío.

“A mi hermano, por ser de los primeros casos, lo amenazaron de muerte, lo atacaron mucho tiempo por redes sociales; fue un estrés emocional agotador, cargar con el dolor que teníamos en casa, los casos nuevos de contagio que llegan a diario al hospital, es muy difícil superar”.

La trabajadora social recordó que uno de los momentos más difíciles que ha vivido en su trabajo fue el primer día que regresó, cuando le tocó entregar el cuerpo de un joven de aproximadamente 25 años.

“Hasta ese día, yo viví el duelo de mi padre. Recuerdo entrar al Mortuorio, prepararme, ponerme bata, lentes, guantes, botas, todo lo requerido; ese día yo me preparé como si el cuerpo del joven fuera el de mi padre y me despedí de él, como no tuvimos oportunidad”.

Otro de ellos fue cuando impidió la entrada a un familiar de un paciente que, molesto, le reclamó ponerse en su lugar y no tener tacto por lo que estaban pasando. “Ojalá usted no pase lo yo estoy viviendo”, le dijo.

Frente al aumento de casos, Rocío trata de ayudar en cuanto tiene oportunidad. Una manera es recibir cartas para los pacientes, que ella misma les lee. “Me gusta regresar esta oportunidad que nosotros con nuestro padre no tuvimos, que los pacientes se sientan acompañados y sus familias sientan están cerca de ellos”.

Una batalla difícil

“Una experiencia agridulce” es como define su trabajo contra COVID-19 Roberto Ibarra Infante, neumólogo del Hospital General de Zona 1 del Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS), que ha atendido poco más de 30 por ciento de los mil 104 pacientes registrados actualmente.

Afirmó que en esta institución se ha integrado un equipo muy bueno de trabajo, que ahora tiene “el gusto de haber dado de alta a muchos pacientes recuperados de la enfermedad”, toda vez que recordó el camino que han recorrido los trabajadores de salud durante la emergencia sanitaria.

Con el primer caso, “algo no estaba bien y lo envié a internarse al instituto, donde dos días más tarde los resultados de COVID dieron positivos. Fue a mediados de marzo el diagnóstico, desafortunadamente falleció”, expuso.

A más de 100 días de entonces, Ibarra Infante lamentó que la sociedad no está entendiendo la gravedad de la pandemia y tenemos que dar la batalla todos los días”. Ésa, consideró, es la parte triste de la labor, pues lamentó que el aumento de pacientes que ingresan por coronavirus, así como de muertos.

Esto ha provocado entre el gremio “frustración y tristeza, por las muertes que se presentan”; sin embargo, el neumólogo reconoció que el incremento era de esperarse debido a la alta incidencia de enfermedades crónicas.

En el caso de las personas de edad avanzada, resaltó que muchos “tuvieron en contacto con algún joven de su familia”. Padres y abuelos son en mayoría grupos de riesgo; a pesar de esto, advirtió, sus mismos familiares los exponen.

Ibarra Infante explicó que estar en un área COVID es muy demandante y admitió sentir poca correspondencia con quienes ignoran las recomendaciones.

“Desde el momento que te pones el equipo de protección personal, la deshidratación al usarlo, ansiedad por estar con el respirador, modificar el estilo de vida y alejarte de tu familia, con el afán de ayudar a las personas y ver que las calles están llenas, gente en la calle sin cubrebocas, es triste”.

 

Estar en riesgo

La vida cambió para Verenice de manera radical desde el 15 de junio, el momento en que tuvo que enfrentar su mayor miedo: salir durante la pandemia. Ella forma parte del grupo de personas de alto riesgo para contraer COVID-19 debido a que padece mielitis; este mal le disminuye las defensas.

Además de ser verificadora sanitaria, recorre clínicas privadas y públicas para promover medicamentos. Los preparativos para salir a trabajar cada día han cambiado radicalmente: hasta antes de marzo de este año, bastaba revisar que en el maletín de trabajo estuvieran las muestras médicas, folletos y demás papelería para hacer frente a la labor diaria.

Ahora es una rutina para no olvidar toallas sanitizantes, gel antibacterial, cubrebocas, careta y demás implementos para disminuir la posibilidad de contagio. Para entrar a cada hospital y consultorio, usa guantes de polipapel que desecha ahí mismo. Además, ella debe invertir en la compra de estos productos porque su empresa no se los provee.

Una vez armada para esta nueva realidad, Verenice enfrenta la calle. Desde el primer paso fuera de casa el temor va en aumento, la ansiedad crece: tapetes con cloro sonrisas con los ojos y saludos a distancia, el temor al SARS-CoV-2 persiste en cada espacio.

Al concluir las visitas diarias hasta a siete médicos en diferentes puntos, el regreso a casa se convierte en un nuevo proceso de desinfección: antes, entrar a casa era sentirse a salvo. Hoy es paso a paso tratar de cerrar la puerta al virus, mientras su pareja espera 30 minutos lo que dura este procedimiento para poderla siquiera saludar.

 

Trabajo conjunto

Daniel lleva 11 años como paramédico de la Cruz Roja y de todo ese tiempo, 2020 ha sido el más complicado, pues por su labor no ha podido ver a parte de su familia ni a su pequeño hijo.

Desde adolescente quiso ser paramédico y durante esta contingencia no ha perdido el entusiasmo y la pasión por ayudar a otros que lo necesitan. “Hay temor siempre, ahí está a todas horas, pero tomamos las medidas de protección necesarias para no contagiarnos y ayudar a que el brote pare”.

Con la falta de precaución que nota en otros, aseguró que se siente más expuesto cuando anda en la calle que cuando le toca hacer un traslado o estar en una zona con casos positivos de COVID-19.

Antes de la pandemia, los paramédicos salían a hacer su trabajo con cubrebocas y guantes, pero al llegar al virus del estado, en su atuendo de protección incluye cubrebocas N95, careta, googles y guantes. Precisó que en su unidad no han tenido contagios, pues se protegen al saber que han atendido personas que sufrieron accidentes o con diabetes o hipertensión que después fueron confirmados con COVID-19.

“Al llegar a la base desinfectamos vehículo y nosotros también lo hacemos, cada uno, ya que no sabemos quién pueda tener el virus”.

En su entorno más cercano extreman precauciones, por lo que una de las decisiones más difícil del paramédico fue alejarse de su hijo, a quien durante cuatro meses sólo ha visto por videollamadas.

La labor de Daniel en el combate contra el virus no se limita solamente a su trabajo, ya que dentro de su familia hay más miembros que son trabajadores de la salud, por lo que sienten un mayor compromiso por lograr que reduzcan los casos y crear conciencia en la sociedad.

Cada día, Daniel procura difundir en todos sus círculos información verificada y las cifras oficiales de la Secretaría de Salud de Zacatecas (SSZ), además de concientizar sobre la importancia de seguir las medidas que recomiendan las autoridades.

Lamentó que, en este punto, la sociedad zacatecana ha relajado las medidas y se malinterpreta la información de las autoridades sobre la reactivación; “la mayoría creyó que ya era volver a la normalidad, como si estuviéramos en semáforo verde, y esto ha provocado un pico de contagios”.

A pesar de las complicaciones, Daniel enfatizó que ser paramédico es una gran experiencia. “Siempre quise estar donde estoy, desde acá no pedimos agradecimiento, lo hacemos desinteresadamente, pero necesitamos que las personas tomen conciencia del momento que vivimos”.

Destacó que el personal de salud que está en la primera línea está arriesgando todo por reducir los contagios, “pero no se va a poder sin la colaboración de la gente”. 


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