David H. López
David H. López

Estamos ante áreas grises de los llamados límites a las libertades que se vuelven motivos de discusión que hoy deben ocuparnos.

En Estados Unidos, una cultura que es pilar del individualismo como principal fuente de progreso y felicidad, se invoca la última instancia, la más eficaz –y letal– para el restablecimiento del orden colectivo: el ejército.

Hace años en un grupo de maestría discutimos la factibilidad de que en democracias liberales se revisen en su debido contexto para análisis, actualización y eventual derogación las leyes que fueran promulgadas en fecha y contexto lejanos. El profesor nos dio la razón, pero de poco nos sirvió, ya que agregó, “si bien sería deseable, también sería poco práctico; ¿cómo establecer criterios de actualización y revisión? Serían muchos y sería muy complejo y en ello se abandonaría el terreno de lo constitucional y entraría la política con todas sus perversiones. Es una buena idea, pero no viable”.

Y luego nos dejó fríos con un planteamiento, “el problema de que por sistema se declaren leyes anacrónicas es que puede ser usado por tiranos para también hacerlo con las libertades”.

Al ver que el Presidente Trump, haciendo uso de una ley que data de 1807, implementó en Washington D.C. la amenaza de desplegar al ejército para sofocar disturbios que parecen estar escalando a niveles de difícil control en varias ciudades de Estados Unidos, algún comentarista cuestionó el uso político de un instrumento legal que habrá sido creado en un contexto lejano.

¿Quién puede estar en contra de controlar disturbios? El problema es la línea entre manifestación pacífica, manifestación violenta y disturbios. ¿Cuál es el límite para la libertad de manifestarse? El estrangulamiento vial es una molestia legítima, pero manejable; otra cosa es que quiebren las vitrinas de su negocio o llenen de pintas su fachada.

Por otro lado, entre más ordenada y acotada es la manifestación tiende a ser menos eficaz para lograr sus fines. Cuando Gandhi describió la satyagraha, decía que uno de sus fines debe ser provocar una reacción de la autoridad para que las cosas cambien.

La intensidad de la furia respecto a la muerte del afroamericano George Floyd, es un indicio de un cuerpo social que no está muy organizado ni unificado en criterios de protesta, aunque queda claro su clamor: ya basta.

Pero ése es un caso. Volvamos a este, nuestro encierro. Si esta peste o cualquier otra nos acecha con alevosía, ¿tendrá sentido acotar las libertades individuales por la salud como bien común?

El paradigma sanitario del COVID-19 en el uso del tapabocas es particularmente cruel con el individualismo que dice, “yo hago lo que me da mi gana; total, si me enfermo es mi problema”. Suena autodestructivo, pero válido en un contexto individual. El enorme problema es que la mascarilla es para que el infectado –potencial o confirmado– proteja a los sanos. Quien renuncia a ella, ha decidido no cuidar de su prójimo.

Ante esos niveles de inconsciencia (que existen, no nos engañemos), ¿cuáles deben ser las preguntas correctas ante el acotamiento de la libertad?

¿Cuáles deben ser los límites de la libertad individual? ¿Qué con nuestra privacidad? En China, una autocracia, lo tienen claro y utilizan la tecnología en el celular para monitorear sus datos biométricos, ubicación, rutinas, recorridos, y personas cercanas; todo. Allá no hay debate sobre el derecho a la privacidad que se sobreponga al bien común; el estado interviene con los recursos a su alcance; punto. Lidian ante el mismo virus y tienen la misma tecnología.

¿En qué espejo nos vemos? Debemos plantearnos preguntas como éstas, ya que en el futuro no tan lejano discutiremos las respuestas.

@vidolopez


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