Miguel Moctezuma L
Miguel Moctezuma L

El Covid-19 y el caos social

Bajo la sobra del nacionalismo, los ciudadanos de un país exigen que el Estado debe protegerlos, y, ante una emergencia como la del Covid-19, los servicios de salud deben de canalizarse sólo a los nativos. Existen otros casos más locales que exigen atención sólo a los de su comunidad, llegando incluso a la violencia. Éste es el mismo peligro que actualmente corren nuestros connacionales en Estados Unidos. Pero, así como el nacionalismo exige que el Estado asuma su papel, existe otro segmento de la población que aún no le cae el veinte de asumir su propia responsabilidad como sociedad. Lo más preocupante deriva del fanatismo de creer que se está del lado de Dios y que no les pasará nada. Por cierto, para quienes aún no avizoran las consecuencias, les tengo una mala noticia: es inevitable una crisis económica generalizada e inimaginable, en la que cada gobierno deberá decidir hasta dónde está dispuesto a paralizar la economía. Lo más seguro es que haya gobiernos dispuestos a sacrificar la vida de sus ciudadanos y sólo entonces podremos hacer un balance de lo que haya quedado.

El Estado-nación es una construcción social y política que antecede al proyecto de la modernidad y que con ésta se fue consolidando al regular los derechos y las obligaciones de los ciudadanos en sus territorios. Pero es, asimismo, un modelo que abarca las relaciones del Estado con sus ciudadanos y de éstos con aquél; sin embargo, el ser ciudadano no siempre abarcó derechos generalizados. En el terreno sociológico y político se aduce que el modelo tradicional de Estado que corresponde a la modernidad unifica los sentimientos nacionales de quienes son sus miembros. Ésta es la razón por la que, desde antes de la modernidad la Nación terminó identificándose con el Estado, el territorio, la ley y la religión (Weber, 1984: 324-327 y 678-682). Ése es el modelo de nacionalidad que cierra el camino a la diversidad espacial, étnica y social, la que a pesar de todo se mantiene y no pocas veces es fuente de conflictos (Harvey, 2012).

Existen distinto hechos históricos que cuestionan la tesis anterior sobre la relación Estado y nación: 1) los judíos fueron considerados desde los escritos bíblicos como el éxodo de un pueblo disperso en diáspora; 2) los gitanos por mucho tiempo han sido considerados una Nación sin territorio; 3) los palestinos asentados en la Franja de Gaza, cuyo reconocimiento por la ONU no deja de llamar la atención; 4) la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) nacida en 1922 era un bloque de cuatro repúblicas multiétnicas, abarcando lenguas y culturas claramente diferenciadas, integrada por la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, la República Socialista Federativa Soviética de Ucrania, la República Socialista Federativa Soviética de Bielorrusa y la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia (Cuenca Toribio, 1999). En este caso, además de destacar las diferencias de legua y cultura es conveniente llamar la atención sobre un hecho clave: se integra como una unidad federativa de cuatro repúblicas, lo que sugiere la sobrevivencia de las naciones. Más tarde se le unen otras repúblicas, hasta que en 1991 ese bloque de repúblicas se derrumba. Lo interesante es que su disolución condujo a la reconstrucción de las antiguas naciones. Por lo tanto, afirmar, que una Nación es igual a un Estado, un territorio, una lengua y una cultura no deja de ser una reducción empobrecedora.

La paradoja consiste en reconocer que, a pesar de la diversidad de estados, e incluso, de procesos de integración de estados o de desintegración de los mismos, todo lo señalado conduce a reconocer que el concepto de Estado-nación sigue siendo una fuerza movilizadora, cohesionadora o una comunidad imaginaria (Anderson, 1983) cuyos confines son difíciles de precisar. De esta manera, el Estado se erige desde el nativismo radical como una institución protectora de sus ciudadanos.

Los llamados a Andrés Manuel López Obrador a que imponga el Estado de excepción cerrando las fronteras, estableciendo el toque de queda y reduciendo al mínimo la actividad económica descansa en la idea de que el Estado debe de proteger a sus ciudadanos. Esta tesis deriva de otra: los ciudadanos, aunque son libres, no están capacitados para el ejercicio responsable de su libertad, por tanto, requieren de la tutela del Estado. Ese peligro lo percibí desde cuando se desató la campaña “nacionalista” contra los inmigrantes centroamericanos que transitaban como un éxodo por el territorio nacional con destino a Estados Unidos. En esa fecha hubo manifestaciones de parte de mexicanos radicales que se hicieron visibles con la bandera nacional y en los casos extremos, los centroamericanos fueron intimidados con bombas de gas y piedras que lanzaron a los centros de refugio en Tijuana. Algunos migrantes mexicanos que residen en Estados Unidos dijeron que el gobierno mexicano no tenía por qué protegerlos. A propósito, en el estado de Morelos una población enardecida amenazó con incendiar un hospital si recibían a los enfermos contagiados con el Covid-19. Este es un argumento “localista” que recoge la tesis de que quienes tienen derechos son los miembros de la comunidad.

En estos días, y como prueba del nacionalismo más dañino, se bloqueó del lado mexicano la Garita de Nogales, cuya consigna era “quédate en Estados Unidos”, sin importar si entre ellos había connacionales.


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