David H. López
David H. López

¿Dónde la perdimos? ¿Cómo se extravió? Sabemos que la construcción de sociedades y naciones se da forzosamente estableciendo convenios colectivos de convivencia y valores e intereses en común para considerarnos una comunidad, luego una sociedad y un país.

Para esa edificación es indispensable la confianza. Cualquier entorno social pierde su viabilidad cuando la desconfianza nos conduce. ¿Cómo se establecen acuerdos? ¿Con qué espíritu se dialoga para ellos? ¿Qué convenios podemos firmar sin que nazcan con la premisa de una traición latente? Y cuando los firmamos y priva la desconfianza, ¿qué sucede eventualmente? Las premisas suelen cumplirse y pasamos a la ruptura.

El “Barómetro de la Confianza”, un estudio presentado en el Foro Económico Mundial de Davos, analiza este comportamiento (http://bit.ly/2uifQ1Y ). Se ha hecho con parámetros constantes durante la última década en todo el mundo, entre personas de diversas naciones con economías tanto emergentes como desarrolladas, el resultado arroja hallazgos interesantes para tomar nota.

En el contexto de una economía global que muchos consideran “fortalecida” en el último año resulta paradójico que el 56 por ciento de los encuestados consideran que el capitalismo, como existe ahora, hace más mal que bien al mundo. Por otra parte, el 83 por ciento de los empleados están preocupados por la posibilidad de perder sus trabajos por razones de varios tipos: automatización de la producción, una recesión inminente, falta de capacitación, competencia extranjera más barata, inmigración y abaratamiento del trabajo por el auge de profesionales independientes (freelancers, se les llama hoy). Además, menos de una persona de cada tres piensan que ellos y sus familias no estarán mejor dentro de 5 años.

Cuatro instituciones de interacción social fueron evaluadas como objetos de confianza: ONGs, gobierno, empresas y medios de comunicación. Según los encuestados ninguna de ellas es realmente confiable.

Al medir la conducta ética en una recta y la competitividad en la otra, ninguna institución fue considerada ética y competente al mismo tiempo: los negocios son considerados los más competentes y las ONGs las más éticas –por obvias razones– pero a nadie se le considera poseedor de estos dos atributos de la sustentabilidad (hoy en auge); todos oscilan entre la incompetencia y la no ética.

Sobre ser confiables para establecer sociedad, las empresas fueron consideradas las más altas (42 por ciento), pero ninguno alcanza el mínimamente aceptable 50 por ciento.

Un dato relevante es que el factor confianza resulta más afectado por la desigualdad que por el desarrollo económico. Relevante, más no sorprendente para quienes vivimos en un país en desarrollo: a la gente no la deslumbra tanto el crecimiento económico cuando habiéndolo, no se refleja en condiciones de igualdad; comienza a reflejarse más ahora en lugares de primer mundo.

El mundo necesita confiar para ser viable. No es fácil hacerlo cuando venimos de episodios constantes de traición de dicha confianza. Dejando de lado los gobiernos “especializados” en fallar, también tuvimos sonados escándalos mundiales, como el de Volkswagen hace unos años, y los escándalos sexuales en la Iglesia Católica. Ambos casos lastimaron particularmente, no sólo por las fallas, sino también porque se descubrieron en ellos verdaderos aparatos de simulación y encubrimiento sistemático.

¿Qué hacer con esta realidad? Tanto la magnificación como la negación son altamente destructivas, pero seguiremos a la próxima.

México. En el caso de nuestro país, en general las cifras de confianza no son tan desalentadoras como se podría inferir. El caso más dramático según este barómetro sigue dándose ante el gobierno, con un 44 por ciento de confianza; apenas uno por ciento debajo de Alemania, aunque cinco puntos arriba de Estados Unidos, siete de Brasil y habiendo avanzado un 10 por ciento contra su resultado del año anterior.


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