David H. López
David H. López

Se discute mucho menos de lo que debiera sobre el establecimiento de los límites a la “memoria infinita” del Internet.

Los valores tienen que ver con derechos universales relacionados con la privacidad y el derecho al buen nombre, por un lado; por el otro, la libertad de expresión y el derecho de ciudadanos y particulares a encontrar y difundir información de utilidad pública.

Hace años un empresario vinculado en actividades de dudosa legalidad apeló al llamado derecho al olvido, ya consignado –se supone– por el artículo 16 constitucional y por la Ley Federal de la materia. En primera instancia el INAI se puso de su lado al apoyar su derecho a la privacidad; tiempo después un colectivo se amparó contra dicha resolución argumentando que el derecho al olvido es un mecanismo de censura y lesivo a la libertad de expresión. En México la discusión del tema sigue incipiente.

Los libérrimos de la red lo asocian con totalitarismo y la intervención perniciosa del estado en el derecho a información relevante. Existe también una posición legítima de parte de quienes defienden el derecho de ciudadanos “al olvido” de su información, de la posibilidad de que sus datos (gráficos, textuales o de cualquier índole) ya no sean susceptibles de ser encontrados y difundidos en Internet.

El ciudadano puede borrar sus registros digitales y apoyarse en la posibilidad de que un mecanismo legal le asista para evitar cierta difusión. Para lo primero hay sitios que dan consejos al respecto (http://bit.ly/2kFjluN); para lo segundo se deben buscar abogados.

Pero esa es una parte de nuestra información, la que conscientemente compartimos o permitimos que se comparta, pero el escándalo Cambridge Analytica el año pasado (documentado en la película de Netflix “Nada es Privado”) también nos habla de otra información que generamos; la relacionada con los más de 70 mil puntos de datos que hablan de nuestros hábitos de consumo, nuestros gustos, e incluso cuestiones de nuestra personalidad que ni nosotros tenemos plenamente identificadas.

Comentamos hace una semana que dichos datos fueron alevosamente usados para manipular a sectores del electorado y lograr un resultado electoral: así ganaron Trump y el Brexit.

Uno de los protagonistas, David Carroll, litigó contra Cambridge Analytica el derecho a que le entregaran toda la información sobre él mismo. La empresa fue disuelta en 2018 tras el escándalo y no entregó dicha información, pese a haber recibido una orden de un tribunal de Gran Bretaña.

La pregunta para nosotros es, ¿estamos conscientes de que cada “click” en nuestra computadora o “dedazo” en nuestro teléfono inteligente genera un punto de procesamiento de información sobre nuestras vidas y personalidades?

No resulta nada halagüeño para una democracia incipiente como la mexicana enterarse que en otras sociedades con madurez democrática y estado de derecho como la británica o la estadounidense tampoco tienen mucha claridad en cómo procesar estos abusos.

Platicábamos antes de cómo el uso inescrupuloso de nuestra información puede poner en peligro la democracia, lo cual sigue siendo un problema grave. Pero hoy, al comparar las perspectivas nos topamos con una escalofriante realidad que debe movernos a la reflexión y mayores niveles de participación informada sobre el asunto.

Un buen amigo comentó que para las generaciones de niños que hoy van a la escuela y para quienes están naciendo, la privacidad será una añoranza histórica de la que nosotros les hablaremos, pero sin posibilidad de recuperarla.

Lamentablemente tiene razón; pero en lo personal declaro ser de los ilusos que no quisiera ceder a ese inevitable destino sin luchar por poner límites a las consecuencias de lidiar con la memoria infinita de ese monstruo que nos vigila.


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