Enrique Laviada
Enrique Laviada

No hay razones intrínsecas

para la escasez de capital.  

Keynes

 

Uno de los indicadores que mejor describen el estado que guarda la economía de una región es, sin duda, el que reporta la actividad de las distintas industrias dedicadas a la manufactura, es decir, el grado de incidencia o importancia de la actividad transformadora más propia de la modernidad.

En los informes relativos a esta materia, nuestra entidad se ubica entre las de menor crecimiento industrial, con variaciones que son frecuentemente negativas, de modo que nuestra contribución a escala nacional resulta insignificante.

Los números que presentamos en nuestra edición de hoy (recomiendo la lectura de los diagnósticos que hacemos disponibles al lector) podrían explicar la poca importancia que nuestro estado tiene en su aportación al producto nacional, lo que con relativa discrecionalidad influye en las decisiones que se toman en el centro respecto de las prioridades de impulso a las regiones.

Para decirlo en otras palabras (conste que no es ironía), la proporción de nuestro atraso es directa referencia para proyectos de infraestructura, lo que sin duda se convierte en lo que podríamos llamar el círculo vicioso de una mala economía.

Aquí mismo nos hemos referido a los enormes riesgos que implica la debilidad congénita del sector privado en estados como el nuestro y, en contraparte, la hipertrofia del sector gubernamental, una ecuación perturbadora y que se hace propicia, lo hemos dicho, para la manipulación política y electoral.

Para colmo de males, como suele decirse, ostentamos la penosa clasificación como uno de los peores lugares en creación de oportunidades y clima de negocios, y la dependencia gubernamental encargada de los asuntos económicos sigue obteniendo una de las calificaciones más bajas en el comparativo nacional.

A estas alturas, la permanencia en el cargo de su titular, un tal Carlos Bárcena Pous, es un disparate, según algunas versiones empresariales, pues su ciclo se agotó y no sólo en referencia a sus escasos o nulos resultados, sino por la molestia que causa lo que ya para muchos es una auténtica e incomparable (aquí sí entra lo irónico) charlatanería.

Los inútiles viajes por diversos países europeos y de oriente,  de los que hemos dado cuenta periodísticamente por su gasto excesivo, nos han reportado apenas unas cuantas cartas de intención, que bien pudieron ser firmadas sin salir de la entidad o del país. Padecemos los estragos que deja el mucho ruido y nulos resultados prácticos, los mismos que se describen siempre de manera ambigua en informes gubernamentales, ahí como para dejar huella de su incapacidad e indolencia.

Se sabe por experiencia que la gestión gubernamental es una pieza clave en el fomento a la inversión; los gobiernos tienen siempre la oportunidad de contribuir al progreso económico mediante actos y programas ordenados que atraigan el interés de los inversionistas. Lejos está aquella sentencia de quienes se atienen simplemente a la dinámica de los mercados, en el sentido de que “no hay mejor política industrial que la que no se hace” y, por el contrario, vivimos los tiempos en los que se pone a prueba a los gobiernos para evitar la mala economía.

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Acertijo

Encontrar el límite permite empezar mejor.


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