Enrique Laviada
Enrique Laviada

Estamos en el momento político (dedicado a quienes reniegan de la política) que precede, diríase el inmediatamente anterior al acto republicano de informar el estado que guarda la administración pública y los asuntos de interés, una celebración ciudadana, si lo ponemos en sus justos términos.

Como todo lo previo, encierra enigmas, dudas, temores, incertidumbre: lo que sólo se resuelve al escuchar las palabras del mandatario en turno, que a veces son elocuentes y otras no los son tanto.

En la espera del tercer informe del gobernador Alejandro Tello parece que predomina esa inconfundible sensación que proviene de la mediocridad: ni agita, ni apasiona. Lo mismo a sus allegados que a sus opositores. Se puede comparar con la ausencia de sabor. Que ni se agradece ni se aprecia.

Aunque los informes de gobierno en nuestro país siguen siendo un ritual del poder que deja poco espacio a los ejercicios democráticos más avanzados, me refiero a los debates parlamentarios que podemos disfrutar de tanto en tanto, provenientes de algunos países europeos, por ejemplo, lo cierto es que también se puede sentir un cambio luego de los resultados de la elección presidencial.

La narrativa y el sentido del discurso que emplea el presidente es, sin duda, de un alto impacto mediático, esto es, si bien no es todavía un acto que conduzca al debate directo, sí crea innumerables ondas discursivas en todos los sentidos.

El uso del discurso político se arriesga cada vez con mayor intensidad hacia la franqueza, lo que crea la exigencia de un lenguaje distinto, que puede gustar a unos y ser aborrecible para otros, pero nunca y de ninguna manera motivo de indiferencia.

El caso de Tello es distinto, por su naturaleza propiamente indefinida, insípida, lo que explica que el ambiente de la víspera carezca de emoción alguna: no es ni frío, ni caliente. Tibio, a la temperatura del quinquenio.

La presunta campaña de publicidad que le acompaña hace predecible que pronto escuchemos del gobernador un largo, tedioso, y quizá lastimoso recuento de gélidas cifras, de los recortes presupuestales, de las penurias derivadas de la inseguridad y de los proyectos que aún se encuentran en ciernes, todo debidamente atenuado con la suavidad de las palabras y los “buenos modales” con los que Tello ha querido, desde el principio, llamar a la comprensión y, en un descuido, a la compasión.

Sus mejores líneas serán, me atrevo a suponerlo, dedicados a la disciplina administrativa y presupuestaria y contable, la cosa con la que un book keeper suele quedar bien.

En lo que se refiere a temas tan delicados como las observaciones millonarias por malos manejos o las denuncias por corrupción, lo que podemos esperar es un nuevo catálogo de excusas, justificaciones y encubrimientos que pretenderán no serlo.

Creo que nadie en su sano juicio y vencido el aburrimiento previo estará al pendiente de cambios en el gabinete o en el rumbo o en el estilo o en las formas. Vaya, ni en los lemas publicitarios. Ya no es necesario.

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Acertijo

Pasar de la mitad puede volverse despedida

 

 

 

 


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