Enrique Laviada
Enrique Laviada

Hace unos días los dirigentes del Stuaz nos sorprendieron con una furibunda declaración en contra del todavía secretario general de Gobierno, un tal Jehú Salas, en la que le acusaban de meter las manos en asuntos laborales, indebidamente.

Continuar con la necedad de intervenir en los asuntos sindicales traería consecuencias, advirtieron, pues bastantes dificultades tenían como parte de la comunidad universitaria, para tener que lidiar, además, con un funcionario que debería ser parte de la solución y no de los problemas.

Sin embargo, Jehú no les hizo caso y, por el contrario, mantuvo su postura intervencionista, al tiempo que les daba lecciones (es ironía) a través de sus cuentas en redes sociales, con el mismo desparpajo que le ha caracterizado.

No resisto la tentación de reproducir las sesudas lecciones del secretario, dirigidas a los sindicalistas, sólo para documentar los detalles de su torpeza: “Hace apenas un par de años –expone Jehú Salas–, México decidió poner en manos del poder judicial la impartición de justicia laboral con dos objetivos fundamentales: profesionalizar la materia y evitar las tentaciones perversas del poder político en estas decisiones”. O lo que es lo mismo: evitar las conductas por las cuales el mismo Jehú es señalado por el Stuaz, con las justas proporciones que corresponden a su estatura en aquello de “las tentaciones perversas del poder político”, dadas las evidencias de su tan elemental torpeza.

Pero como todo buen teórico de su desafortunada condición, el secretario Jehú insiste, con la aparente intención de involucrar a su jefe en sus tonterías: “En el gobierno de Alejandro Tello –agrega– la justicia laboral la construimos (sic) con base en los principios de legalidad, objetividad e imparcialidad, pero sobre todo, con la firme convicción de no politizar jamás (otro sic) la aplicación de la ley” (que para él se escribe así con minúscula), lo que seguramente ha servido para confirmar que su torpeza, al tratar de intervenir políticamente en los asuntos sindicales, dejando mal parada a la política, y a su gobierno, y a su jefe, justo en la víspera de su tercer informe. Es decir: también muy oportuno (ironía obligada).

Las consecuencias de la torpeza de Jehú Salas no se dejaron esperar y el Stuaz tuvo que ejercer su protesta, cerrando la llamada ciudad de gobierno, completa, en un hecho inédito: un sindicato universitario bloqueando oficinas del gobierno estatal contra la torpe intervención del secretario general de Gobierno, lo nunca visto.

Todo esto me ha hecho recordar que a los secretarios generales de gobierno de los últimos años se les puede acusar de muchas cosas, pero a ninguno, creo, de semejante torpeza, de modo que es de esperarse que el actual se gradúe en eso, y con honores.

Más torpe no se puede.

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Acertijo

La ironía a veces no alcanza


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