Alberto Chiu
Alberto Chiu

En todo México, el mes de septiembre se identifica como “mes de la patria”, y en virtud de ello sobran por todos lados las decoraciones tricolores, se iluminan los edificios públicos con focos verdes, blancos y rojos, se izan banderas de todos tamaños, desde los escritorios de los funcionarios hasta las plazas públicas, y por supuesto no faltan por las calles los tradicionales vendedores de banderitas, silbatos, matracas, rebozos, sombreros de palma y demás objetos que, muchos, usan para decorar sus casas o usarlos el “Día del Grito de Independencia”. La pura fiesta patriótica, nacionalista, republicana, le dicen muchos. ¡Viva México!

En Zacatecas capital, particularmente, estas fiestas se combinan (quién sabe si como bendición o para nuestra desgracia) con las fiestas patronales más antiguas desde la fundación de la ciudad, pues se celebran dos de gran alcance: la fiesta de Nuestra Señora de los Zacatecas, cuya imagen se venera en la Catedral Basílica, y festejada el 8 de septiembre, seguida una semana después de la fiesta de Nuestra Señora del Patrocinio, venerada en su santuario del Cerro de La Bufa y celebrada el mero 15 de septiembre.

La mayor celebración nacional (laica, por supuesto), se combina aquí con nuestras más grandes celebraciones religiosas, haciendo de este mes una mezcla muy interesante en materia de pachangas combinadas, que muestra al mismo tiempo esa extraña amalgama que somos los zacatecanos, que caracteriza al mismo tiempo esa especie de “conservadurismo” con todo y que políticamente muchos se digan “progresistas”.

Quién sabe en qué otras partes del país suceda lo mismo, o al menos algo parecido, pero para nuestro caso resulta sumamente interesante cómo ambos aspectos conducen, irremediablemente, a un ambiente de fiesta por una u otra razón, cuyos efectos generalmente confluyen –al menos durante la primera mitad del mes– durante las noches en las instalaciones de la Feria Nacional de Zacatecas, donde conviven tirios con troyanos al calor de los espectáculos pagados con dinero público, y al calor de las copas también.

Es en este marco de fiestas (patronales y nacionales) que los zacatecanos luego ni nos damos por enterados de lo que nuestros gobernantes domésticos (los presidentes municipales, el gobernador en turno) acaban informando en las fechas que los mandata la ley. Para muchos, debido a las fiestas, los informes acaban pasando de noche y tienen realmente poco impacto y menos importancia.

Está, por supuesto, la insignificancia de los mensajes que den, y que en muchos de los casos no serán otra cosa más que refritos de lo que ya han repetido hasta el cansancio, quizás con algunos cambios de palabras, y quizá también por eso ya cada vez menos gente se interesa en dichos informes.

Y tal vez justamente a eso le apuesten varios de los gobernantes: a que la gente considere los informes algo tan aburrido y repetitivo, que por eso mejor ni atención les prestarán… para beneplácito de quienes deben informar. Pero no nos atengamos, exijamos más y mejor información, más claridad en sus palabras, y contundencia en sus actos. Y si no hay, digámoslo fuerte y claro, a ver si así ponen un poquito más de atención.


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