Enrique Laviada
Enrique Laviada

Escuché con atención el informe del presiente Andrés Manuel López Obrador y, luego de reflexionar sobre su contenido, me parece que ha dejado en claro cuál es su punto de partida; dicho de otra manera, su premisa esencial, y debo insistir en que me faltan razones para sentirme tan feliz como quisiera.

Aunque entiendo que se trata de eso exactamente, un punto de partida que sirve, acaso, para pensar en una buena forma de afrontar el destino, que confirma una visión transformadora, pero abre sin remedio un renglón completo de interrogación: ¿hacia dónde vamos? Hasta ahora nos queda atenernos a una determinación básica de los electores, que coincide con el urgente cambio de régimen, expresado de manera contundente en las urnas y que, por lo visto, se consolida en el ánimo popular mayoritario.

Sin embargo, aceptando su ánimo de modificar el régimen político, desterrando abusos autoritarios, excesos burocráticos, fraudes electorales, así como la abominable corrupción, característicos del viejo modelo hegemónico, eso no resuelve de manera automática la injusticia social y la marginación.

Se equivoca el presiente cuando insiste, con énfasis repetitivo, en que la corrupción es la principal causa de la desigualdad y la pobreza, por la razón profunda de que la causa última está en el modo de producción capitalista, no en sus formas de expresión o existencia, que corresponden a una determinada etapa histórica, es decir, confunde la estructura económica de una sociedad con algunos de sus defectos.

Es el capitalismo en la era de su más arrolladora globalización y la más trepidante revolución tecnológica en donde se encuentra la explicación última y esencial de la injusticia social y la pobreza, aceptando sin conceder los términos presidenciales, diríase que tanto materiales como del alma humana, en los términos que para mí pueden ser mejormente compartidos.

Si como supongo, el punto de partida del presidente consiste en la corrección de las distorsiones neoliberales, lo que resta entonces, podría resumirse en la capacidad para demostrar que el nuevo régimen (que postula López Obrador) sabrá administrar de mejor manera el capitalismo (para júbilo y consuelo de Slim y asociados), lo que se antoja como una misión complicada y riesgosa. Baste recordar el impacto que el término “arancel” causó en el discurso y el comportamiento del actual gobierno, casi una prueba de fuego respecto del inmenso poder de los mercados, la economía capitalista y sus entramados.

Así, el mayor reto del Presidente y su movimiento sería, desde el principio, evitar que el país sea considerado un miembro extraviado del capitalismo global, respetando sus principios de funcionamiento, al tiempo que hace todos los esfuerzos y acude a todos los medios a su alcance para dejar a salvo el criterio político de que en su proyecto primero van los pobres.

En otras palabras: la mafia en el poder que tanto espacio ocupó en la narrativa opositora, ahora no es otra cosa más que la cúpula de la clase social que sigue detentando el poder económico y concentra de manera monstruosa la riqueza producida entre todos, y con quienes es menester negociar y pactar.

Si el punto de partida es acotar sus ganancias, regular su funcionamiento y moderar sus efectos negativos, digamos que es suficiente para eso: para iniciar. Pero hace falta saber aún hacia dónde vamos, qué tanto está dispuesto el presidente a avanzar en un programa no capitalista, o socialista si se quieren poner esos asuntos sin ambages y en sus justos términos. Eso abre una mayor interrogante acerca de cuál será su programa, y en especial si éste coincide con los valores liberales de la democracia, es decir, si se trata de un socialismo moderno, plural, progresista, capaz de estructurar una nueva forma de Estado incluyente, no un “Estado caritativo”, sino un Estado Social, en donde la libertad económica y política permitan la convivencia de la esfera de lo privado y lo colectivo, y el avance de las “tropas de lo público” no se convierta en un anacronismo.

 

Acertijo

Lo demás son metáforas de la redistribución.


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