Enrique Laviada
Enrique Laviada

Corría el tiempo de los años maravillosos del sexenio de Enrique Peña Nieto, allá por el 2013, cuando en un acto realizado en una comunidad indígena de Chiapas, el mismísimo presidente de la República, entonces casi un dios, se dirigía a su secretaria de desarrollo social de , en un tono por demás amistoso y cercano, para asegurarle que nada le pasaría.

Ante las críticas hacia la cruzada contra el hambre, por su torcida intencionalidad clientelar y el posible desvío de enormes cantidades de dinero hacia las campañas del PRI, el presidente le decía a la mujer que con rostro satisfecho y hasta jovial le acompañaba en el presídium: “…como bien lo ha dicho el presidente Lula da Silva: Rosario, no te preocupes, hay que aguantar”, ante las críticas y los ataques y las descalificaciones de parte de espectrales enemigos.

Ahora, de manera trágica, ambos personajes, me refiero a Rosario Robles y Luis Ignacio Lula da Silva, tienen que enfrentar, desde la cárcel, los rigores de la justicia y las acusaciones consolidadas en su contra por ejercicio indebido de funciones y malversación de recursos públicos. Y podrían terminar presos por corrupción, pues, en el sentido más lastimoso del término.

El destino, implacable, convertiría a Rosario en el eslabón más débil de la cadena del régimen priísta en decadencia, lo que al parecer, se percibía desde la llegada a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador. Aquel que fue su jefe antes que Peña. Aquel de quien se había distanciado, por lo visto para siempre, luego de los escándalos, también de corrupción, que le rodearon cuando ocupaba la entonces jefatura de Gobierno, como si se tratara de una comedia de enredos y equivocaciones, en la que los actores representan a personajes que son, al mismo tiempo, distantes y muy familiares.

Lo cierto es que la sospecha del desvío de recursos al que en un inicio  aludían las críticas y los ataques en contra de Rosario, ese que motivó la inusual defensa del presidente, se convirtió, al paso del tiempo, entre su estancia en la Sedesol y su llegada a la Sedatu, en uno de los más espectaculares y entramados saqueos al erario, la llamada “Estafa Maestra”, cuyas consecuencias aún son incalculables.

Por lo pronto, según se lee en el expediente de la causa, se requiere a la fiscalía federal que inicie una investigación en contra de José Antonio Meade Kuribreña, por las mismas imputaciones. Así lo firma y resuelve Felipe de Jesús Delgadillo Padierna,  juez de Distrito Especializado en el Sistema Penal Acusatorio, quizá, en funciones de encargado de abrir la cloaca.

A Rosario la entregaron algunos de sus cercanos colaboradores, inaugurando la figura de “testigos protegidos”, mientras ella por su parte podría entregar al ex candidato del PRI a la presidencia y, quien sabe, si éste al propio ex presidente Peña, en una cadena de traiciones y condenas que servirían, acaso, para dar fin a la promesa inicial de López Obrador de “borrón y cuenta nueva”, para dar comienzo a la Gran Venganza de la Cuarta Transformación.

Rosario, no te preocupes, no solo eres tú…

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Acertijo

Un plato que se sirve frío


Nuestros lectores comentan

  1. NO ES VENGANZA, ES EL RESULTADO DE APLICAR EL ESTADO DE DERECHO. LA AUREOLA DE IMPUNIDAD QUE REVESTÍA A LOS SERVIDORES PÚBLICOS DE PRIMER NIVEL DE LOS TRES ÓRDENES DE GOBIERNO SE ESTÁ DESVANECIENDO, DANDO PASO A LA CREDIBILIDAD EN LA PROCURACIÓN DE JUSTICIA Y A LA DENUNCIA PÚBLICA COMO INSTRUMENTO PARA ABATIR LA CORRUPCIÓN.