ALBERTO CHIU
ALBERTO CHIU

Se llegó el día esperado, y si no hay cambios de último minuto, este miércoles la iniciativa de ley que aprobaría los matrimonios igualitarios en el estado estará siendo abordada por nuestros diputados en el Congreso local. De acuerdo con las previsiones de diversos analistas del Legislativo, existe ya un acuerdo para que, a pesar de que el dictamen fue aprobado en comisiones en sentido positivo (es decir, a favor de la legislación y acorde a las resoluciones de la Suprema Corte de Justicia de la Nación), en la sesión de pleno se votaría en contra.

Muy a pesar nuestro, y de todos aquellos que se dicen plurales e incluyentes, todo parece indicar que el asunto no es más que un montaje teatral sobre algo que, en realidad, ya se había decidido desde hace tiempo en acuerdos debajo de la mesa con los sectores más conservadores de la esfera político-social-religiosa de la entidad.

Incluso hay quienes prevén que, ante las crecientes protestas en contra de dicha legislación, los diputados se aventarían la ya muy sobada puntada de sesionar en sede alterna, para no tener en la sede propia un enfrentamiento del que ya dieron visos ayer dichos grupos, quienes aparentemente traen incluso la consigna de azuzar o provocar a los grupos LGBT+ que se presentaren en el lugar.

Lo más destacable de esta jornada doble, de martes y miércoles, es quizás la presentación de un escenario cada vez más polarizado y polarizante, que lejos de abonarle a la convivencia pacífica y civilizada entre la sociedad, va abriendo brechas más grandes y más profundas, casi como regresando a experiencias de siglos pasados donde incluso se podría rayar en la persecución del que piensa –o vive– diferente.

Me parece que entes protagónicos en estos asuntos, como los partidos políticos por ejemplo, o las diversas jerarquías eclesiásticas de toda denominación, deberían estar desde ya llamando a sus correligionarios/fieles/adeptos, a la mesura, al diálogo respetuoso y tolerante, y no fomentando –incluso mediante la omisión de posturas– la exacerbación de ánimos entre ellos, llevando discusiones como ésta a estadios maniqueos donde “sólo yo tengo la razón, y todos los demás están equivocados”, o “sólo hay blanco y negro, lo bueno y lo malo”.

Pero no veo a los partidos ni a las jerarquías eclesiásticas haciendo tal cosa. Más bien callan, y eso me parece sumamente peligroso. Y si a ello le agregamos la protagónica presencia de otros personajes que –ellos sí– ofrecen abiertamente posturas antagónicas e intolerantes sobre el asunto, se genera un bonito caldo de cultivo de los odios que, en este momento, tanto se critican por ejemplo en los Estados Unidos.

No hace falta ver las noticias internacionales para ver ese famoso “discurso de odio”. Justo aquí estamos siendo testigos del mismo discurso, y de las acciones que toman los extremos en este caso de los matrimonios igualitarios. Se aprecia que nos falta mucho todavía por crecer como sociedad abierta y tolerante, y hay un gran trecho por andar en el camino del diálogo y la comprensión. Ojalá este día, con la discusión pendiente en el Congreso, no se convierta en el ejemplo de lo que NO se debe hacer para crecer como sociedad.


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