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  1. El poema. Es de Elsa Cross (México, 1946). Filósofa y estudiosa de las religiones. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1989), Premio Xavier Villaurrutia (2007), Premio Universidad Nacional (2009), Premio Roger Caillois (2010), Premio Poestate (2015), Premio Nacional de Ciencias y Artes (2016), Premio Iberoamericano Ramón López Velarde (2019). Son algunos de sus libros: Naxos (1966), El diván de Antar, Espirales (Poemas escogidos), Ultramar. Odas, El vino de las cosas. Ditirambos, Nadir, Canto malabar y otros poemas, Más rojo bajo el sol. Poemas sobre el vino, Poesía completa (1964-2012), Nepantla (2019). Su poesía es fundamental en los siglos XX y XXI. Detrás de sus poemas, a veces no sin soporte narrativo, hay una serie de simbolismos relacionados con la noche, el ser y el en medio. Más que importarle el punto donde giran las cosas y el universo entero, se preocupa por esa enorme zanja o vida-no vida que se da en la parte media, el medio día, la gran frontera donde se manifestará el ser.

 

MONTSÉGUR

 

I

Desde el valle

las ruinas disminuidas en la altura,

la roca áspera

encubriendo caminos olvidados

(¿Quién abandonó el secreto en la montaña?)

Cae sobre la cima el sol,

el blanco sol del Mediodía,

sobre los muros desolados y limpios,

abiertos hacia el cielo.

Cae sobre el valle.

Vegetación dorada, rocas,

contorno de montañas

oscuro al comienzo del otoño.

Cae sobre el campo de las cremaciones.

Todo lo incendia nuevamente,

lo vivifica:

el paisaje austero,

la memoria,

ellos,

que iban de dos en dos por los caminos

 

II

…no m’abbiate a vile

per lo colpo ch’o porto

questo cor mi fu morto

poi che ‘n Tolosa fui.

Cavalcanti

 

Maltrovando

perdida de todos y de mí

parto de sitios lúgubres y tensos

hacia ningún lado.

Reconozco en las ruinas mis cenizas.

Amantes que ardieron allí por amor y por fuego.

La misma nota resonó en violas y laúdes,

la misma oración en las hogueras.

Sólo quedaron muros derruidos,

la vaga memoria de unos hombres,

historias incontables

que vencieron el silencio del inquisidor.

Esas piedras ennoblecidas

hoy profesan también la soledad.

Vine desde tan lejos

para encontrarme aquí

descifrando lealtades e infortunios.

 

  1. El incendio. Va uno por el poema, en su búsqueda, tras la entraña. La primera parte es la imagen del sol sobre las ruinas del castillo, sobre la montaña, sobre el valle, sobre el campo de las cremaciones. Se habla de memoria, del abandono del secreto. Hay una mirada poderosa, en el centro, en la línea divisoria aparentemente perdida por el dominio de los dos ojos trabajando al mismo tiempo, pero allí está.

La segunda parte es una asunción de la voz, maltrovando, y del principio y fin del devenir, allí están mis cenizas, principio que heredo, condición a la que voy. Se recuerda el sacrificio de amantes, acaso el centro de esas cenizas mías, de todos. Después la destrucción y la soledad, pero también el encontrarse aquí, recordando historia descifrando sin cuenta ni contadores, tal vez tan lejos de lealtades como de infortunios.

De pronto el yo lector grita dentro de mi “Montségur”, no “Montjoie”, “Montségur”, el castillo donde fueron exterminados los cátaros, destrucción de occitania, exterminio de la lengua de oc. Las fuerzas del norte avanzan sobre la herejía del sur, coaligadas con la iglesia romana, la posibilidad de una lectura diferente de la religión, la vivencia de un amor que no estuviera pasado por la conveniencia y los bienes terrenales, por el acuerdo de las alianzas familiares, la pérdida de la caballería como resistencia a un mundo producto del diablo o de los ángeles enfermos, donde la soledad predominaba, y la esperanza de una vida diferente, ya bien podía Chrétien de Troyes convertirse en espadachín de orden y ortodoxia.

Dice Otto Rahn en su bellísimo libro Cruzada contra el Grial:

Después de la caída de Monségur, lo único que quedaba a los proscritos –a los fayadits, como se les denominaba– eran los bosques y las cuevas. Las interioridades de la montaña y los impenetrables zarzales les deparaban un asilo seguro. Para poder aprehenderlos, los inquisidores intentaron eliminar todos los zarzales, aulagas y matorrales.

 

  1. El medio, el ser. Para Angélica Tornero en Cross “el lenguaje poético es sólo sugerencia del ser y no el ser, porque éste es silencio; es experiencia mística alcanzada como revelación”. Después de ese grito interior que nombra a la fortaleza arrasada, viene algo que se posesiona del lector, llamémosle experiencia que atraviesa y trasciende. Allí está el ser. Lo hace a y en Mediodía, a la mitad de la jornada, al sur de Francia, en el lugar donde la vida fue convertida en cenizas que van y vienen por todas las dimensiones temporales. Allí la voz descifra, nos pone al alcance del ser, de la herida en medio.

En silencio. Para Elsa Cross.

Alejandro García / Doctor en Lingüística Hispánica por la UNAM. Autor de A usted le estoy hablando, Narciso y el estanque, entre otros.


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