Enrique Laviada
Enrique Laviada

Ande usted, estimado lector, que la democracia en nuestro país tiene la variante antigua de la asamblea popular, por la simple y sencilla razón de que el presidente López Obrador así lo ha decidido, sin dudarlo un instante, al margen de lo que otros pudieran opinar, por sus pistolas, pues.

Su más reciente edición, me refiero al asambleísmo, se encuentra consignada en las notas del fin de semana, cuando el mandatario estuvo de gira por la región lagunera, en donde se presentaron diversos proyectos de infraestructura para el desarrollo de aquellas tierras, siempre fértiles en iniciativas y modos de emprender para el futuro.

Ahí, López Obrador preguntó a los asistentes si estaban o no de acuerdo con la construcción del Metrobús que conectaría la zona conurbada de los municipios de Lerdo y Gómez Palacios, un envidiable enclave industrial y de servicios, que requiere proyectos de movilidad acordes al desarrollo logrado, por sus enjundiosos habitantes, en procesos de acomodo económico realmente complejos.

Estamos hablando de una obra que representaría una inversión directa de más de 450 millones de pesos, ya autorizados con anterioridad por las instancias federales, pero que lamentablemente habían suscitado en ciertos sectores sociales algún tipo de inconformidad, la misma que fue expresada, en su  momento, frente al presidente, digamos que en ese ambiente asambleísta que en sus giras se incluye, no sabemos si producto de una revisión seria de los temas o por una dudosa estrategia de propaganda.

El caso es que vimos a un presidente que, de pronto, sin mediar explicación alguna, aseguró que no permitiría “imposición alguna”, luego de lo cual lanzó una pregunta: ¿quieren que se construya el Metrobús, sí o no? Para de inmediato constatar, a ojo de buen cubero, que la mayoría expresó su rechazo al proyecto, no sabemos exactamente por qué ni cuántas fueron las personas ahí reunidas que optaron por el “no”, pero lo cierto es que, en ese momento, y sin contemplaciones quedó anulado.

Tengo entendido que ese plan urbano, ahora interrumpido, correspondía a un corredor de vialidades que se trazan desde Torreón hasta Lerdo, pasando por Gómez Palacios, es decir, una obra necesaria y debidamente planeada, que requirió del talento y el trabajo de especialistas en materia urbanística y del esfuerzo de muchos años, plenamente justificada en términos técnicos, independientemente del color partidario de las administraciones municipales o estatales de aquella región.

Como en el propio evento se afirmó, con un presupuesto existente y debidamente aprobado, con apego a una cultura de la institucionalidad, al parecer sin dudas respecto de la posible sombra de la corrupción, en orden, pues, aparentemente fuera de dudas, pero que, al final, se fue al carajo porque “la gente dice no” y como “el pueblo manda”, entonces, “ya no hubo Metrobús”, así, de golpe y porrazo.

Ese método para la toma de decisiones, conocido por algunos como democracia directa, deja en manos del asistente a la asamblea todo el poder, justo en ese espacio en el que poco o nada importa la cantidad, ni la representatividad, ni mucho menos los argumentos o la razones, sino sólo la inmediata percepción del conglomerado, ahí presente, para los efectos, quizá, del cumplimento de algún interés particular.

Cuesta trabajo entender que el presidente no sepa de los riesgos de tomar decisiones en asamblea popular, a mano alzada, reduciendo a nada o casi nada el concepto de ciudadanía, libremente ejercido y que obliga a sus representantes a tomar decisiones racionales, de ser posible meditadas, debidamente estudiadas, para cumplir con programas de desarrollo generacionales.

La mano alzada, por eso, se convierte en un distintivo del atavismo y nunca del cambio progresista y democratizador, ése que ha pedido a gritos un país sometido a la voluntad del mandatario, sinónimo del autoritarismo que muy bien se puede disfrazar de voluntad popular inapelable, por sus pistolas.

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Acertijo

La corta marcha hacia atrás.


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