“¡Pinche Ramón!”, grita Dolores cuando supo que el hombre se fue, que murió cuando ella lo esperaba vestida de blanco. Grita “¡pinche Ramón!” y avienta un ramo de flores, también blancas. Lamenta que en su pueblo las mujeres se queden solas, porque los hombres se van o se matan entre ellos.

Describo una escena de Las Afueras, una obra que aborda la migración y el abandono. La historia transcurre en el pueblo Lágrimas de Cristo. La protagonizan los hermanos Dolores, Rosario, Jesusa y Roberto –otro que se va– y don Baldo.

Dolores se casaría, pero al hombre lo mataron. Las otras dos son mujeres de casa, jóvenes y solteras. Ramón fue uno de los pocos hombres que permanecían en el pueblo (como el cura y el alcohólico don Baldo). La mayoría de los varones, incluso los niños, se fueron “al otro lado”, donde dicen que “las cosas son bien baratas”.

Es en el patio de una casa donde representan el “lado humano de la migración, el abandono y la desolación de los pueblos, de las casas, de las mujeres que se quedan”.

Si la clausura matrimonial de Dolores la coloca en el estatus de quedada, el anuncio de su hermano, que decide emprender el viaje, le confirma a ella y a sus hermanas menores que subsistirán “con la esperanza de volver a ver a quienes se han ido”.

Pero la esperanza se quiebra cuando Jesusa trata con don Baldo su viaje. Ella, la menor, también decide irse. Las hermanas, para no dejarla ir sola, y para no quedarse, le acompañarán. Lo hacen con remordimiento manifiesto por dejar la tierra trabajada, la casa, el pueblo, las raíces.

Se van, “a sabiendas de que no encontrarán a Roberto, quien en meses no les ha remitido cartas ni dinero”. En el camino son abandonadas, como ocurre con muchos emigrantes. En ese abandono se rompe definitivamente la familia, por la ausencia del hermano y por el huir de Jesusa en la oscuridad, corre hacia las luces que pueden ser de cualquier ciudad del “otro lado”. Entonces quedan solas Dolores y Rosario.

 

Las Afueras tiene una dimensión realista y otra simbólica. La primera no es necesario repetirla, es la emigración cotidiana que ocurre en los pueblos de Zacatecas, del país, incluso de Centroamérica.

La dimensión simbólica de Las Afueras está en la esperanza. El argumento dice que “la obra retrata una parte de esta lucha (por sobrevivir frente a la ausencia de los que se van) y de este desencuentro con la vida, de esta clase de futuro entre lodo hecho con polvo y lágrimas que enfrentan las mujeres solas”.

Cada hermana tiene su carácter para avanzar la obra. Rosario es la Penélope que borda y teje en el patio, acción que le permite hacer el tiempo y el equilibro de la unidad doméstica. Jesusa es la que más pelea, lo hace porque debe soportar la espera con fastidio, más cuando la vieja grabadora, la que le heredó Roberto, apenas funciona como radio y no como reproductora de música. Sin noticias del exterior, le corresponde empujar el viaje de las hermanas. Dolores es la mayor, la que para significar la posesión y la tradición familiar debe hurtar, como chiquilla caprichuda, los bienes significantes de las otras: casetes con la música preferida, jabones de tocador, ahorros…

Iván Guardado (Zacatecas, 1982) es autor y director de Las Afueras. Él es un dramaturgo que sobresale por coordinar el grupo La Ciénega Teatro (fundado en 2004) y por colocar esta pieza en una excepción cultural: tiene en su ceveu más de 100 representaciones, unas hechas en la ciudad de Zacatecas y otras en diferentes plazas del país.

Sea por la juventud de cuando la proyectó o porque es una de sus primeras piezas dramáticas, en el contenido de Las Afueras se manifiestan las lecturas que tiene Guardado: están, sin duda, García Lorca y las mujeres de Bernarda. Este asunto no está de más recordarlo, pues parte de los actores y de su grupo participan en la puesta en escena La Casa de Bernarda Alba. También hay marcas de la movida española: las interpretaciones musicales de Chavela Vargas y Rosario bordando como las mujeres de La flor de mis secretos (Pedro Almodóvar).

Respecto a la actuación, Roberto y don Baldo aparecen a través de Noé Germán, un actor que continúa dando muestras de capacidad histriónica. En cambio, Cristina Lomas (Rosario) y Cintia Pacheco (Jesusa) pocas veces abandonaron el tono declamatorio de poemas maternos. Aunque sí tuvieron momentos, individualmente, para lucir su histrionismo.

Julia Robles, que interpreta a Dolores con naturalidad adjetivada por los diferentes gestos, mostró su lugar de ya primera actriz de los teatros de la región. Ella es un pívot repartiendo juego sin parar. Desde que entra a escena tiene al público para su dilección. Robles es conocida en la televisión local por ser la imagen de la campaña gubernamental contra la violencia familiar y otras cintas con escenario de la ciudad (siempre presente por Quemar las naves –Francisco Franco-).

Guardado dirige Las Afueras sin complicación. Lleva la representación de un modo sencillo y claro, dando cuenta de ello en el vestuario, ya que mujeres enrebozadas y de vestido corto de manta blanca, merced a la buena iluminación, le ayudaron para presentar alusiones de Tata Jesucristo (Francisco Goytia) con las protagonistas que lloran y sufren el abandono.

Pese al éxito, la representación tuvo su incomodidad, que estribó en el espacio que le destinaron a la puesta en escena [este texto reseña la presentación en el XXI Festival Cultural de Zacatecas, 2007]. El acto fue en la ahora llamada Antigua Casa de Moneda, cuyo patio central, pequeño e inadecuado para este tipo de función artística, impidió que los espectadores tuvieran la comodidad que debe ofrecer el teatro hecho en Zacatecas. Pero, sobre todo, debió recompensarse a esta función que es, se insiste, una excepción cultural: ¡tiene más de cien representaciones! Y eso ni el dramaturgo Fernando Calderón lo tuvo.

Ramón ya se fue

Marco Antonio Flores Zavala / Historiador

 


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