Enrique Laviada
Enrique Laviada

Puse el título con mayúsculas al pensar en la enorme importancia que tiene el asunto para nuestra convivencia social, pero también lamentando (uso el peor gerundio que tengo a la mano) el escaso cuidado que la actual legislatura ha puesto en la designación de la persona que habrá de encabezar los esfuerzos institucionales en esa materia, durante el próximo periodo.

Como es su costumbre, los diputados locales toman las cosas con suficiente abulia, algunos simplemente reciben instrucciones, mientras otros se jactan de no intervenir en la materia para evitar confrontaciones sin sentido (vaya ironía), con el saldo final de un procedimiento vilmente burocratizado.

Si no sucede algo extraordinario, el resultado será la reelección de María de la Luz Domínguez, al frente de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Zacatecas (CDHEZ), digamos que sin pena ni gloria, en medio de cabildeos entre los integrantes de las bancadas que han logrado vencer el sueño (es ironía), para ofrecerle su respaldo.

Debo confesar que de los otros aspirantes no tengo ninguna referencia, más que la hecha pública al momento de su presentación, de lo que puedo concluir que me son completamente desconocidos y, por tanto, estimo inconveniente opinar en cualquier sentido, algo que ayuda, acaso, a documentar mi muy personal decepción al respecto de un proceso en el que, deliberadamente, parece abúlico y hasta rutinario.

Entre semejante descuido, María de la Luz cuenta, al menos, con la experiencia del periodo que concluye, cuenta con una aceptable formación académica y ha confirmado que cree en lo que hace; sin embargo, también es objeto de señalamientos por una conducta altanera, además de la sombra de duda que implicaría ser la favorita de la bancada del Partido Revolucionario Institucional (PRI) o, en el peor de los casos, un inapropiado patrocinio del gobernador en turno, ejercido, además, con la defectuosa operación de la que han hecho gala (es ironía) y costumbre (no es ironía) los funcionarios de Tello, y sin remedio aparente.

Lo mejor sería, en todo caso, que María de la Luz hiciera un esfuerzo de revisión y autocrítica, que se apartara de las malas compañías dedicadas a endulzarle el oído, para convertirse en alguien que honre con valor y sabiduría la figura del ombudsman, término para el cual no existe una traducción completamente apropiada, pero que todos sabemos es indispensable para establecer el debido respeto a los más elementales derechos de las personas, frente a toda clase de abusos y vejaciones.

Esa sea, quizá, la ocasión y la oportunidad para buscar un acuerdo de consenso entre todas las fracciones representadas en la Legislatura, de modo que la defensoría de los derechos humanos cuente con la confianza y el respaldo suficiente como para cumplir a cabalidad su misión, por cierto, en tiempos de cambio profundo de las estructuras políticas del país.

Por mi parte, creo que María de la Luz Domínguez puede y debe cumplir con las exigencias del momento actual, no dudo que tenga la capacidad requerida para superar errores, mostrar independencia de criterio, actuar con firmeza, pero también hacerlo con la discreción, el debido esmero, profesionalismo y la enorme responsabilidad que entraña ser, en atención a la definición clásica del término, el defensor del pueblo.

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Acertijo

Defender derechos no es cosa de pusilánimes, ni serviles.


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