Enrique Laviada
Enrique Laviada

Es la libertad de expresión la espina dorsal de todas las demás libertades y, al mismo tiempo, una de las más difíciles y peligrosas de ejercer en los aciagos tiempos que corren en nuestro país y en el mundo entero.

Como se sabe, fue el presidente Miguel Alemán, quien estableció que fuera el 7 de junio el día dispuesto para “celebrar” uno de los derechos humanos más esenciales, en una especie de desplante del poder establecido frente a sus críticos, en especial los reunidos en la prensa y los espacios intelectuales reservados a la opinión, siempre ávidos de márgenes democráticos.

La fecha corresponde, en sentido estricto, a un ritual del poder presidencial, uno más, entre muchos, que por aquel entonces formaban parte, por decirlo de algún modo, de la natural escala del mando, un apego o un culto a la pirámide política nacional y a la cultura del autoritarismo heredado, como símbolo inconfundible de la mexicanidad.

Sólo un presidencialismo tan arraigado como el nuestro podía ser capaz de instaurar el día dedicado a la crítica en su contra, a la libertad de disentir, de opinar, de expresarse, a sabiendas de que todo ello iría en contra de su propia soberanía y su absoluta presencia, sea por efecto de la historia, o de la casualidad, o del derecho inalienable de dominar, por los de arriba para los de abajo, con abnegación.

Dije que fue Miguel Alemán el promotor de la libertad de la cual gozamos por generaciones enteras, o sea: me refiero a la crema y la nata del nuevo Estado, en su forma y en su esencia, que ha sido producto de una revolución interrumpida, algunos dicen que deformada, o en el peor de los casos traicionada, pero perfectamente moldeable, y por completo confiable para el desarrollo capitalista, impecable, pues.

El punto es que, todo individuo, gracias a esas disposiciones, tiene el derecho a la libertad de opinión (no es ironía) y de expresión (tampoco es ironía), lo que incluye no ser molestado a causa de sus ideas, o de la información que posea sin limitación alguna de fronteras o delimitaciones arbitrarias.

Ese es el fundamento más hermoso (es ironía) de la convivencia humana, tanto que podríamos decir que se trata, incluso, de una secuencia lógica del hecho civilizatorio, en suma, algo que es digno de cuidar, preservar y heredar con esperanza y buena fe, a las siguientes generaciones.

Por eso me gusta citar la declaración original: la comunicación libre de ideas y opiniones es un derecho apreciable del hombre, que consagra la voluntad de cada quien a opinar, hablar, decir, criticar, escribir e imprimir, bajo la correspondiente responsabilidad que por ley le asiste a todos, sin excepción ni distingo alguno.

Sin embargo, de esas magníficas ideas resulta necesario pasar a la realidad, a la práctica, a la circunstancia que nos hace dudar de todo, me refiero al registro de periodistas acosados o asesinados, a lo que nos asusta, pero no impide que sigamos adelante, tan sólo confiados en la vocación de trasmitir la verdad, escribir acerca de los hechos, en la calidad de testigos no invocados, seguramente no deseados, pero siempre necesarios, diaristas del horror o de la pasión o del duelo o de la alegría o de lo que sea que pase y se convierta en un hecho, algo que mande en nuestra muy querida profesión.

Quizá sea por eso que, algunos, preferimos no celebrar, colocarnos a lo lejos de las alegorías gubernamentales, siempre tan ramplonas e impostadas, muy a nuestro parecer, y para pensar en nuestra siguiente pregunta, aunque sea incómoda y seguramente molesta, ni modo.

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Acertijo

Mejor libre que mal acompañado


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