LORENA GUTIÉRREZ | NTRZACATECAS.COM
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La mayoría quería ver la rueda romperse. Quería tomar al rey por la cabeza y quebrarle el cuello, aunque fuera en fantasía. Por eso nombraron a sus hijas como la mhysa, la madre, rompedora de cadenas, y los hicieron arrepentirse. Simpatizaron con el grupo de violadas y bastardos, de castrados, enanos y lisiados, esclavos y extranjeros, hasta con contrabandistas y asesinos a encargo porque, aunque privilegiados por apellido, perseverancia o suerte, en ellos vieron la esperanza de una nobleza de carácter y no de nombre, que cobijara a esa maraña de harapos y hambre que llamaban pueblo, anónimo y dormido en el Lecho de Pulgas. Pero la promesa engaña, aun dentro de los marginados.

Mayo se llevó consigo una de las series que más han provocado revuelo en nuestra cultura pop: Juego de Tronos. Inspirado en la obra literaria de George R. R. Martín, el fenómeno televisivo batió marcas de popularidad, hasta su mal calificado fin, y nos dio excelentes memes y también buenas clases de mercadotecnia. En medio de una saturación de opciones de entretenimiento, la televisión clásica se alzó con una superproducción de la era HD que atrapó a muchos no sólo por sus maravillosas locaciones y la matanza indiscriminada de personajes principales, sino también porque la intriga de la realeza o las celebridades y las peripecias de la política encantan. Muerte, sexo, poder, secretos de familia, gobiernos, fue un poco de todo eso, con un cierre atropellado, sí, pero que irónicamente no traicionó la pretensión de mostrar la fragilidad humana, hasta en sus errores de toma y un guion olvidadizo.

En la época de los falsos mesías y los amargos tragos postelectorales, queda reflexionar el desenlace de Juego de Tronos y valorar sus enseñanzas. Ya las enumeró Almudena Grandes (El País): “Primera, que es esencial escoger bien a los líderes. Segunda, que merece la pena pararse a estudiar los mapas (a dónde vamos, dónde estamos, de dónde venimos). Tercera, que no hay nada más peligroso, más maligno y tóxico, que el estandarte de la pureza”, pues no hay opción a discutir con quien se escuda en el supuesto destino y los ideales pueden costarnos caros a todos. No fue gratuito que la adorada khalessi haya revelado después de la gran final que ensayó discursos de Adolf Hitler para interpretar los propios. Hasta entonces, entre el público hubo miradas encontradas, incrédulas y uno que otro “¿yo voté por ella?”. Hizo falta más crítica y menos confianza ciega hacia la madre de los dragones, Daenerys Targaryen (Emilia Clarke), para que la decepción no fuera tan aplastante, para no convertirse en las cenizas sobre las que su fuego gobernó.

No es que uno quisiera arrodillarse ante la terrible Cersei Lannister (Lena Headey), quien tuvo un final más patético que merecido, o depender de uno de los personajes más planos de la serie: Jon Snow/Aegon Targaryen (Kit Harington), a quien de nada le sirvió la revelación de su origen ni volver de la muerte, pues se arrastró penosamente al último capítulo igual que como llegó, a diferencia de sus hermanas, Sansa (Sophie Turner) y Arya Stark (Maisie Williams), y pese a todo el empoderamiento supuestamente logrado por ellas. Al final, un Cuervo de Tres Ojos nos sorprendió (Bran Stark-Isaac Hempstead Wright): se necesitaba una historia (y un hombre), porque “no hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia”, y quién mejor que el que encarnó la de toda la humanidad, la memoria. De ahí en más, salvo un charco de metal fundido, se conservaron las mismas instituciones por quienes incluso las habían escupido: Tyrion Lannister (Peter Dinklage) como Mano del Rey; Samwell Tarly (John Bradley-West), Gran Maestre; Ser Bronn de Altojardín (Jerome Flynn), Consejero de la Moneda; Davos Seaworth (Liam Cunningham), Consejero Naval; Brienne de Tarth (Gwendoline Christie), Comandante de la Guardia del Rey. Los extranjeros a su lugar: Gusano Gris (Jacob Anderson) a Naath y Tormund Matagigantes (Kristofer Hivju) Más Allá del Muro. El pueblo no importa, pues Varys (Conleth Hill) murió.

Juego de Tronos configuró las opciones suficientes para creer en la ruptura de las bases del poder y abofeteó con los riesgos y las consecuencias de la concentración de éste en una sola figura, no en el Trono del Hierro, sino en el llamado Príncipe Prometido. La serie mantuvo latente la creencia, ingenua, en la redención, en la justicia, que no logró ni Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau), a través del amor. Embelesados, pedimos acabar con el vehículo y nos dieron sólo un cambio de rueda, a nosotros, los que cómodamente, con nuestras botanas y bebidas, esperábamos ansiosos lo que sabíamos (nos lo advirtieron) que no se nos iba a dar. Ridículos, hicimos teorías, mientras que el poder está en quien escribe la historia. No hay finales felices en Poniente ni aquí, mientras no sepamos leer en nuestra propia casa. “Mira a la izquierda, ahora a la derecha y lo verás: el peligro está ahí, en ambos lados”. La rueda rota ya será en la siguiente transformación.

Romper la rueda. Artificios del poder

“Mira a la izquierda, ahora a la derecha y lo verás: el peligro está ahí, en ambos lados”

Lorena Gutiérrez / NTR Medios de Comunicación


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