Enrique Laviada
Enrique Laviada

La política actual, no me atrevo estimado lector a reducirla, brilla por su ausencia en lo que podríamos llamar “falta de la política”, no digamos como factor esencial, sino como simple mecanismo para atender la solución de conflictos.

Como se sabe (no es ironía), sólo como un formulismo que poca o nula afirmación encuentra en la realidad, la política tiene al diálogo como una opción, de cuya poca utilización no son responsables los clásicos, sino la runfla de improvisados que tienen en sus manos los asuntos internos, léase que por desgracia.

Lo digo, estimado lector, porque me hace gracia (no debería) que el secretario de Gobierno (todavía en funciones) emplace a que los actores involucrados en el conflicto de la mina Peñasquito se sienten a negociar sus intereses, pronto, pero lo que dice pronto (es decir cosa de unos cuantos meses) en las oficinas situadas en la Plaza de Armas de la capital de nuestro estado, suponemos que por obra y gracia de su santa voluntad.

Vaya, me sorprende la escasa habilidad para usar el diálogo como forma principal de la política, quizá por la simple razón de que al gobernador no le gusta la política, algo que ha declarado con la suficiente convicción y frecuencia como para que todos le creamos, y, tal vez, nos resignemos.

El alejamiento del gobernador Alejandro Tello de la política no es un dato cualquiera, no puede serlo, al contrario, es algo determinante en lo que se refiere al fondo de las políticas públicas, imaginemos, sólo imaginemos que la política se haga rengando de la política, todos los días y a todas horas, no puede ser, lo lamento pero no puede ser, así de sencillo.

Esa ausencia del diálogo, insisto como instrumento esencial de la política, se traduce por consecuencia lógica en una clase de comunicación que se conoce como “sustitutiva”, es decir, aquella que busca llenar con imágenes formales, la ausencia o los vacíos de contenido, en un vano, pero costoso intento.

Al gobernador Tello lo podemos encontrar, pues, en las más variadas expresiones de la futilidad, sea de contenido populista (la peor de las opciones) o en su dimensión personal con la que se intenta dejar en claro que es un mandatario personalmente sencillo, bueno, sensible y, quizá, honesto, al margen del contexto y los nefandos antecedentes de su gobierno.

De modo que no veo al diálogo con los demás o consigo mismo como una alternativa para la atención de la muy complicada circunstancia del gobierno local, por cierto, incluida la encrucijada de la historia de la llamada cuarta transformación, tan, pero tan, indescifrable para el círculo del poder local.

Esto es, pienso, una deficiencia de entendimiento, real, tal vez improductiva, una derivada del repudio a la política del mandatario estatal, que se da o se padece, justo en el momento en el que la política debería de estar al mando de todos y cada uno de los procedimientos del orden público, en una especie de malformación circunstancial, que podría tener aún mayores costos negativos, no sólo para el gobierno de Alejandro Tello, que sería quizá lo menos importante, sino para la sociedad en su conjunto.

Es la falta de diálogo.

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Acertijo

A lo que van los que no quieren ir.


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