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Un Estado poco laico

Eduardo Martín Piedra Romero / Futuro politólogo

El palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México es un edificio de la época porfirista, diseñado para ser la casa de opera más importante de México. Actualmente, además de contener algunas compañías artísticas importantes, es sede de dos museos destacados en la cultura mexicana.

Hace no más de dos semanas este recinto cultural se vio envuelto en una serie de noticias poco convencionales. Se celebró, ahí dentro, un homenaje-concierto a un santo apóstol de La Luz del Mundo, una religión que nació en tiempos de la guerra cristera y tiene un alcance mundial. Esta celebración con fines “culturales” tuvo además la presencia de algunos diputados federales y senadores.

El evento sirve para hacer un par de reflexiones sobre los límites existentes entre el Estado y la(s) iglesia(s), no sólo porque estuviera Naasón Joaquín García rodeado de funcionarios públicos en un evento que le rinde homenaje o porque un espacio de carácter público sea utilizado para rendir distinción a una figura religiosa; sino para detenernos a pensar en ciertas cosas.

La primera de ellas tiene que ver justamente con la noción de Estado laico, en el que existe un consenso aparente que dice que el Estado, por su naturaleza se mantiene como neutro y no se decanta por ninguna religión en particular, tan sólo garantiza la existencia de libertad de culto. Pero el Estado no tiene religiones favoritas –¿o sí?–, diferenciándose así de estados confesionales, aconfesionales o ateos.

En segundo lugar, no obstante, la noción de laicidad tiene ciertas discusiones que son inacabas, pues pareciera que quienes están en el gobierno son seres despojados de emociones, miedos, creencias y demás cosas propias de la naturaleza humana, haciéndoles ver como máquinas completamente racionales. Disfuncionalmente, quienes son creyentes de estos dogmas, al igual que otras religiones, son personas que se enmarcan en el espacio público. Son funcionarios y ciudadanos, por lo que es muy difícil preservar la absoluta laicidad.

Por si fuera poco, nuestro pasado colonial nos moldea para que las festividades de los católicos estén dirigidas –en ocasiones– desde la administración pública. De ahí que en Guanajuato, los “Viernes de Dolores”, la administración municipal coloque un altar a la Virgen de los Dolores; o el 18 de agosto en Río Grande, cuando toda la administración se vuelca a celebrar a Santa Elena de la Cruz. Esto va como referente de lo complicado que es separar, al menos en la realidad, la iglesia del Estado.

En cuarto lugar, las fronteras entre arte, religión y Estado son más difíciles. Si el Estado es promotor de la cultura y las artes, ¿debería entonces promover también el arte religioso? Cualquiera que sea la respuesta, lo cierto es que en la realidad esto sí sucede. ¿De la misma forma con todas las religiones? No. Tal vez únicamente con los católicos, que aún son mayoría en este país.

Lo complicado y escabroso del tema nos pone a pensar si lo escandaloso de la situación es que el Estado no afiance en esta ocasión a los católicos, como en otras conmemoraciones ha pasado, o es en realidad un reclamo genuino de la violación al laicismo ideal.

De ninguna manera se debe pasar por alto el acto de que un espacio público se preste para ese tipo de celebraciones, pero sí se debe reflexionar en qué medida, dentro de nuestra cotidianeidad, edificios públicos menos conocidos se prestan para actos del mismo tipo y la gente lo ve como un acto completamente normal. Cuando tengamos la respuesta, entonces seremos conocedores de la paradoja de la laicidad.

 


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