Adolfo Luévano / Profesor y lector
Adolfo Luévano / Profesor y lector

“Lo que más agradezco del libro de Gompertz es el tono profano con que nos habla del arte moderno”.

 

Hace poco me topé en Facebook con un video que explicaba el arte abstracto, en particular la pintura. Y cuando digo que lo explicaba quiero decir que lo defendía. O intentaba defenderlo. ¿De qué? Desde luego, de la incomprensión colectiva de la cual supuestamente todavía son víctimas Pollock, Mondrian, Kandinsky, Rothko, Miró…

El video ofrecía dos argumentos. En primer lugar, el arte abstracto no es un capricho de los artistas modernos, pues se le puede encontrar en las grecas, en los suntuosos edificios musulmanes, en las pirámides de Mesoamérica, en cierto ornato de la arquitectura de Oriente; luego, no sólo es antiguo, además, es universal, casi inherente al ser humano. En segundo lugar, el arte abstracto no es una tomadura de pelo, como de manera precipitada concluye la mayoría, pues de verdad no es fácil producirlo; se requieren talento, estudio y enormes esfuerzos para desarrollar una técnica pictórica que dé como resultado, por mencionar un ejemplo, El bosque encantado de Jackson Pollock.

Nadie dude que el video tiene un tono lastimero y también, a ratos, regañón. Pero nada es suficiente: en la caja de comentarios se amontonan las burlas, se refrenda el escepticismo y la ira de quienes son incapaces o simplemente se resisten a llamar artistas a los productores de arte abstracto. Sus argumentos suelen basarse en la comparación con el arte figurativo, lo cual significa que quienes rechazan el arte abstracto hacen precisamente lo que quienes lo defienden evitan hacer a toda costa. Es un cuento de nunca acabar.

Yo aún no sé dónde colocarme: si en la minoría elitista que, ya enfadada, dice que el arte abstracto es genial y que nada más no lo entienden los ignorantes; o en la mayoría que, llamada a abandonar su zona de confort, dice para todo: “es que eso lo puede hacer un niño de kínder, por Dios”. Yo reboto entre ambos polos, incluso después de haber leído un libro buenísimo al respecto: ¿Qué estás mirando? 150 años de arte moderno en un abrir y cerrar de ojos, cuyo autor, el inglés Will Gompertz, es un experimentado director de museo y, además, gracias a su larga experiencia como crítico de arte, dueño de una prosa deliciosa.

Ciertamente, en ¿Qué estás mirando?, Gompertz no se limita a abordar el arte abstracto: lo expone como una manifestación más, entre otras muchas, de lo que llamamos arte moderno, el cual se originó a mediados del siglo XIX, llega a nuestros días y, muy probablemente, seguirá cosechando frutos en las décadas siguientes, hasta que surja una nueva revolución artística.

De acuerdo con Gompertz, el arte moderno aparece con el impresionismo y, un poco antes, con las obras de quienes, por accidente o de manera deliberada, sentaron las bases para un arte distinto, menos académico y más excitante, más libre de las convenciones, de las expectativas tradicionales y, sobre todo, acorde a las circunstancias de la Europa de aquellos años: una Europa ajetreada y de pronto llena de máquinas y todo tipo de inventos.

Así, por ejemplo, Gompertz nos explica que si Manet y Monet abandonaron sus talleres para irse a pintar a la calle o incluso al campo, no fue nada más porque su espíritu romántico ansiaba acercarlos a los objetos de sus cuadros, tampoco porque –tal como se nos ha dicho en las clases de historia del arte– era así como los pintores pretendían competir en un mercado ahora liderado por los fotógrafos. El abandono de los talleres ocurrió, también, porque en aquellos años se inventaron los tubos de pintura y, en consecuencia, este invento hacía fácil la tarea de transportarse a donde fuera necesario hacerlo, pues antes era indispensable tener a la mano todo un laboratorio donde se machacaban piedras de las cuales se obtenían ciertos pigmentos, donde se combinaban aceites con polvos en una labor que requería habilidad y paciencia para obtener el color exacto…

Lo que más agradezco del libro de Gompertz es el tono profano con que nos habla del arte moderno. ¿Qué estás mirando? no es un libro que pretende, como el video de Facebook y como la mayoría de los defensores a ultranza del arte moderno, convencer a los escépticos de que el trabajo de los artistas abstractos, de los cubistas, de los expresionistas o de los minimalistas es, sí o sí, algo enorme y trascendente, algo que todos deben reverenciar. Vaya, ni siquiera pide que nos rindamos ante el trasfondo sagrado de los cuadros que, hacia el final de su vida, Rothko hizo para su museo-capilla. Tan no está en ese extremo, que con toda claridad incluye la razón principal por la cual el arte moderno es, a pesar de las miríadas de detractores, un éxito y a la vez un signo incómodo de la desproporcionada distribución de la riqueza: el dinero.

Gompertz explica que, en efecto, el goce del arte moderno, en especial del abstracto y del contemporáneo (la controvertida instalación y el controvertido performance), casi siempre depende de la idea que motiva al objeto y de la apreciación de sus detalles. En otras palabras, depende de la buena voluntad del espectador. Nos explica, también, que esto es así, en buena medida, gracias a Marcel Duchamp, un artista que se consideraba más bien filósofo, un Sócrates que a principios del siglo XX quiso ridiculizar a sus detractores, y al parecer lo consiguió con tal éxito que su broma todavía muchos se la toman muy en serio, empezando por sus más tardíos herederos.

 


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