Enrique Laviada
Enrique Laviada

Me dijeron que estaba en problemas. Mi columna fuera de prensa. Era algo incomprensible. Tantos temas desaprovechados. Ironías dejadas al aire. Muy mal.

Ayer no hubo Cascabel. Vaya una sentida disculpa a mis estimados lectores. Debo aclarar que contra lo que pudiera pensarse no sufrí censura alguna. Nada de eso. Sólo se trató de un ataque viral. Esa gripe. Para algunos es algo común, una simple afectación estacional. Para otros tantos el motivo de exámenes minuciosos. Vacunas a destiempo. Es la gripa, traicionera. Odiosa.

La verdad es que me sentí muy mal. La redacción del periódico parece una sala de urgencias. Al reportero fulano le decretaron influenza. Alarma. Lo que más le aflige es su nota. Y me mira con un poco de desconfianza. En la sala de juntas todos ríen. Como si se tratara de un juego. A mí todavía me duele la cabeza. Los veo desde lejos. Estoy sentado en el sillón del director y no encuentro explicaciones suficientes para mi ausencia editorial del día anterior. Muy mal

Y es que con el dolor de mi corazón no apareció Cascabel. Me llama mi vecino de páginas para lamentarse e insiste por el celular en las consecuencias. Tal vez sea mal interpretado. Pero nada hay de eso, ninguna extraña voz del inframundo editorial me ha ordenado guardar silencio. Simple y llanamente me sentí mal, muy mal, afectado por la gripa, esa enfermedad que por estos tiempos es un viral contagio y enemiga de los periodistas. Odioso. Es lo que nos pone, circunstancialmente, en deuda con nuestro querido diario. Muy mal.

Aunque hoy me siento fatal, lo peor es que los reporteros están igual. A estas alturas la redacción es un foco infeccioso. Les recomiendo tomarse análisis para saber, con mayor exactitud, el grado en el que nos vemos afectados. En ese momento todos me miran,  asombrados, estoy seguro de que tal vez deberíamos empezar por la dirección, sin embargo nadie se queja, nadie protesta. Ni los más experimentados, ni los que apenas empiezan. Y es que la nota no puede esperar. Los estornudos son como las notas de un acompañamiento musical. Las reporteras sonríen. Se miran unas a otros y viceversa. Andamos en las mismas. Muy mal.

Regreso al punto de la censura. No hay tal. Le aseguro a usted, mi muy estimado lector, que las críticas hacia la famosa cuarta transformación, la que no ha sido más que una ridícula forma de perder el tiempo, no fueron factor para la ausencia editorial de ayer, nada de eso.

Tampoco lo fueron las observaciones a la fatal ausencia de operación política del actual gobernador, o hablar de su gabinete de juguete, o de esa absurda necedad de defender lo indefendible, es decir, el gobierno anterior, en el vano intento de ocultar su corrupción, nada de eso me impidió escribir. Al contrario. Solo fue la gripa. La recurrente. La odiosa. Muy mal.

Pero lo peor vendría después. No conforme. Me entero de la entrevista exclusiva (es ironía) del gobernador en la radio oficial, un auténtico despropósito, un error a modo, justamente, para dejar que dijera todo lo que no debería decir. Una muestra inolvidable de que al gobernador lo han dejado solo con su soledad. No estoy en condiciones de afirmar si eso es para siempre. O sólo por esta vez. No obstante, lo lamento.  Muy mal. Algo así como la gripa que se va y vuelve.

Muy mal.

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Acertijo

Virus de porquería.


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