Enrique Laviada
Enrique Laviada

Se les ocurrió, era de esperarse, la organización de una endeble o una tímida defensa de Miguel Alonso,
de sus familiares cercanos, de sus amigos íntimos (y los no tanto), en los distintos estratos de
importancia, para cumplir con su causa.
Ése es Miguel, sin remedio alguno, es el organizador de falsas entrevistas, el pagador de favores, el
mismo de siempre, muy al estilo de la casa, con la debida propiedad, es él quien posa vestido de etiqueta
en el desayuno, para simplemente cumplir con las formas, tan suyas.
Es el Alonso que conocemos, en desliz por sus botones del saco, de arriba hacia abajo y de abajo hacia
arriba, en una estricta devoción por las formas y la elegancia.
En una tímida defensa.
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De sus cercanos amigos podemos hablar, pues se trata de políticos, un tanto apabullados, como
consecuencia del reciente resultado electoral, ya se sabe a causa de qué fenómeno, contra su tradición y
sus costumbres, obligados a iniciarse en el oficio de la victimización.
Conste que los nombres se hicieron del dominio público, ni más ni menos que por los propios
encargados de la fiscalía, por obligación propia, a pesar de su propio interdicto, seguramente para bien
o para mal, a excepción de que sea (es ironía) exactamente para lo contrario.
Lo que podemos concluir es que se encuentran, exactamente, a la defensiva, lo que en un sentido
político siempre implica desventaja frente al adversario, que no necesariamente ante el enemigo.
Eso diríase en el supuesto lógico de que quienes gobiernan el estado sepan quién (o quiénes) son sus
adversarios, y, en contraparte, sepan quiénes son sus aliados, y en una extraña posibilidad, tal vez, sus
amigos.
En una tímida defensa.
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De ahí que la actual administración pudiera escoger entre la disyuntiva de defenderse, con todas las
desventajas que ello implica, o en un sentido completamente distinto pudiera convertirse en algo
realmente distinto.
Y es que cuando empezaron con aquello de “trabajar diferente” no es que se encontraran equivocados,
sino realmente comprometidos con un distanciamiento real de sus antecesores.

Señalados desde de un principio como corruptos, a pesar de las delicadas atenciones, y las formalidades
y todos los atenuantes de los que fuera capaz el régimen priísta, que por aquel entonces se merecía
todas las atenciones.
Todo terminó, la etapa de los acompañamientos llegó a su final, en un muy complicado y contradictorio
nuevo régimen político, del cual nadie en sentido estricto es completamente responsable.
En una tímida defensa.

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Aquí y ahora, se sabe que sólo algunos, léase unos cuantos, fueron los que desafiaron al gobernador
para reunirse con el tal Miguel Alonso, en una visita relámpago, es decir, muy lejos de su estancia
confortable en la entidad, para que fuera constancia por algunos minutos y con gran cariño.
Entre los convocados al despropósito matinal, se encontraban según se sabe, Carlos Peña (empleado de
gobierno), Chema González (diputado local), Enrique Flores (desempleado), Miguel Rivera (lambiscón),
Roberto Luévano (desempleado), en una escuálida formación, apenas poco dispuestos a expresar su
respaldo, con todo y el PRI, en favor de los Alonso, aunque algunos ni les conozcan o tengan el más
mínimo trato.
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Acertijo
Se esconden.


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