Alberto Chiu
Alberto Chiu

La moderna tecnología de que disponemos hoy en día en la palma de la mano, ya sea a través de un teléfono celular, una tableta o una computadora portátil, nos abre las puertas al conocimiento del mundo entero, de su historia (nuestra historia), de los mejores (y los peores) avances científicos… pero también al descubrimiento de cualquier cantidad y clase de depravaciones y conductas antisociales que, lamentablemente, quedan expuestas ante cualquiera sin restricción alguna.

A pesar de que existan ya algunos “candados” para que por ejemplo un padre o tutor restrinja el acceso a contenidos inapropiados para sus hijos, en el mundo real tenemos que darnos cuenta y reconocer que no todos los padres de familia o tutores están plenamente conscientes de dichos candados, o en muchos casos ni siquiera están tan relacionados con la tecnología como lo están sus hijos.

Son muchísimos los casos que podemos encontrar en nuestra sociedad, en los que son los menores de edad quienes acaban “enseñándole” a sus padres cómo usar las funciones más básicas de un celular o una tableta. Y ni qué decir de cuando entre los propios menores se comparten toda clase de “trucos” para descargar, de manera subrepticia y hasta ilegal, contenidos inapropiados, juegos “gratuitos”, etcétera.

O de cómo entre los propios chicos y chicas ya saben, más que los padres, de cuáles redes sociales pueden usar para intercambiar desde una inocentada hasta… cualquier cosa, que puede convertirse en la pesadilla de cualquier progenitor.

¿Y de quién es la responsabilidad? Me parece que, en estos casos, son los mayores quienes tenemos que estar muy atentos a lo que hacen los hijos en sus aparatos cuando, muchas veces, somos nosotros mismos quienes se los hemos proporcionado. Quizás en el ánimo de estar comunicados permanentemente, quizás sólo para aplacar las exigencias de los chicos y chicas, quizás igual para “quitarnos el problema de encima” y tenerlos “entretenidos” un buen rato.

Sin embargo, tal como lo refiere el INAI, cualquiera de esos programas o redes sociales o “jueguitos” pueden servir también para que gente sin escrúpulos recabe información vital sobre nuestros hijos… y sobre nosotros mismos, desde domicilios, estilos de vida, posición económica, posesiones materiales, gustos, relaciones, etcétera. Y ahí sí se convierte en un verdadero riesgo para la seguridad no sólo de los menores, sino de toda la familia, pues les puede exponer desde un robo de identidad, hasta a un secuestro exprés por lo menos.

Por ello, no está fuera de lugar ni de tiempo el llamado que hacen las autoridades para proteger nuestros datos personales, y eso incluye por supuesto el que los padres de familia, o los responsables de estos chicos y chicas, sepan a cabalidad qué están haciendo éstos con sus dispositivos electrónicos, con sus datos, con sus conexiones de amistad o conocidos en internet, etcétera. Y si no estamos familiarizados con este ambiente “tecnológico”, pues hay que ponerse las pilas y entrarle a la modernidad, antes de que ésta nos juegue en contra.


Los comentarios están cerrados.