Enrique Laviada
Enrique Laviada

Se sabe que en la tradición judaica es menester sacrificar un chivo (léase un macho caprino), es decir, un ser vivo, inocente, pero proveedor, con el fin de realizar un ritual de agradecimiento divino. Se trata de un procedimiento mortal. Muy probablemente sangriento. Algo terriblemente simple y complejo a la vez. Pero dedicado a la purificación colectiva.

De ahí, justamente, viene aquello de que eres (o puedes ser) un “chivo expiatorio”, o sea: una forma de sacrificio simple, especialmente y dulcemente dedicado a los asuntos mayores, sublimes, en un cambalache por los menores, y que pudieran ofrecerse como bisutería en el camino.

De ahí su utilidad política.

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Tengo que incluir en esta clasificación, de regreso a lo aldeano, a algunos presidentes municipales, ejemplares representativos de nuestra querida tierra, ahora señalados por su incumplimiento e irregularidades cometidas en contra del erario, esto es, en perjuicio comprobable de los contribuyentes.

Por tratarse de un estado (el nuestro), lastimado severamente por los actos de corrupción de malos gobernantes (en verdad malos), quienes gozan, curiosamente, de cabal salud y del disfrute de sus mal habidos bienes, sin que se apliquen las leyes y se responda a las exigencias sociales, todo eso es dato.

Digo que entendemos, perfectamente, que en la 4T se distingue entre males mayores y males menores, es decir, que no somos tontos, pero nos preocupa la tabla rasa, es lógico: no todos son corruptos, y, por tanto, no es necesario el mismo costal. Nada que ver. El problema está en la difusión oficial que no distingue entre unos y otros, y sus mensajes parecieran dedicados a la insuficiente forma de excusarse de todo lo que pasa. En las distintas áreas, por cualquier motivo y como regla de comportamiento.

De ahí, quizá, su utilidad política.

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Fallan, creo, quienes buscan convertir en “chivos sacrificables” al ex alcalde de un municipio llamado Trancoso, y a otro: Trinidad García de la Cadena, ambos, alejados de la mano de Dios, y de la seguridad, y de las políticas públicas, y de los beneficios sociales y demás garantías constitucionales, como forma de evasión electoral.

Con esto, por supuesto, no pretendo restarle culpa a tales personajes, antes al contrario (como se dice por estos rumbos), la intención es ponerlos como ejemplo del daño que se puede causar al patrimonio colectivo, pero en su exacta, y justa dimensión.

Los acusados, en suma, pueden ser jurídicamente culpables o inocentes, de acuerdo a lo que los jueces determinen en cada caso, pero son indudablemente piezas menores en el grotesco escenario de la corrupción.

De ahí su utilidad política.

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Es posible que los detenidos tengan cuentas por pagar, (no es ironía), pero su condición de “chivos expiatorios” pareciera inconfundible.

En corrillos y sobremesas variadas, la duda es, sin embargo, una y la misma: y luego Miguel Alonso y familia y compañía, tantas veces señalados, acusados, demandados por corrupción, acaso no tienen nada que temer, ya que no es la hora de los pecadores, sino de su representación simbólica, o sea, “la hora de los “chivos expiatorios”, en lugar del momento preciso de hacer honor a la verdad y a la justicia.

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Acertijo

Es la frustración redirigida.


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