Minerva Anaid Turriza / Licenciada en Historia
Minerva Anaid Turriza / Licenciada en Historia

Madrid, España, 1621. En una tranquila noche de verano sin luna el joven Luis Obelar —joven maestro de álgebra y geometría en el Colegio Imperial de Madrid— se ve obligado a escapar por la ventana de la habitación de su amante, Isabela, al escuchar los pasos del marido que regresa a casa. Corre por los tejados para salvar su pellejo. El azar lo acerca a otra ventana donde un crimen está en proceso y Obelar se convierte en espectador involuntario de la escena. Un hombre desconocido asoma por el vano y, en lugar de pedirle auxilio o asistencia para sí mismo, le entrega una bolsa y le suplica que ponga a salvo el paquete. Momentos después, el hombre es asesinado por dos bandidos extranjeros, que a partir de ese momento tratarán de dar caza al profesor para hacerse con el contenido del misterioso saco.

Así abre El matemático del rey. Sin embargo, el carismático Luis Obelar no es el matemático al que alude el título. Su historia es en realidad la subtrama de la obra escrita por Juan Carlos Arce, natural de Albacete, quien se dedica a la literatura y desarrolla sus actividades como novelista y dramaturgo.

A pesar de ser un personaje secundario, Obelar es esencial para la trama. Es quien consigue que su amigo Juan Lezuza, profesor en la Universidad de Salamanca, sea nombrado maestro de matemáticas y geometría del recién coronado Felipe IV. El que llegará a ser conocido como “el Grande” o “el Rey Planeta” es apenas un adolescente de dieciséis años y su instrucción no ha concluido. A Lezuza la oferta le cae de maravilla, tiene deseos de alejarse de la institución en que labora: “la muy distinguida y sabia Universidad de Salamanca, donde no se enseñan matemáticas ni geometría ni anatomía ni botánica ni nada que pueda acercarse a la ciencia. Pero que es capaz de elaborar mil libros para explicar muy santamente qué pasa si un ratón mordisquea una hostia o qué ha ocurrido si se avinagra el vino o qué idioma usan los ángeles o si el Ente es unívoco o análogo”. También hay razones prácticas para que el traslado a Madrid entusiasme al matemático: la remuneración por convertirse en el instructor particular del rey promete ser significativamente mejor que su salario en la universidad. Con esa ilusión emprende el viaje a la capital, acompañado de su mujer, Inesa, y su hijo Pascual.

La vida en la corte se revela mucho más difícil de lo que esperaban, debido a los códigos de etiqueta y los interminables protocolos a seguir. Los verdaderos problemas llegan cuando comienza su labor educadora. Lezuza contará a su regio pupilo que el Sol, y no la Tierra, es el centro de las órbitas de los planetas y que son éstos los que giran a su alrededor.

La Iglesia Católica, a través de la Inquisición y el Papa, censuró las teorías copernicanas desde 1616, año en que se conminó a Galileo Galilei a presentar sus tesis como hipótesis y no como hechos demostrados. Además, se prohibió presentar pruebas a favor de sus teorías. Dichas “recomendaciones” eclesiásticas se hacían extensivas a todos los individuos y países católicos. Ni Galileo ni Lezuza se avinieron a acatar las prohibiciones, lo que llevó al primero a comparecer ante el Santo Oficio en 1633. El español ficticio también enfrentó un proceso inquisitorial que tiene numerosos puntos en común con el del científico italiano.

La teoría heliocéntrica contradice pasajes de la Biblia como el salmo 93:1: “Tú has fijado la Tierra firme e inmóvil”; Habacuc 3:11: “El sol y la luna se detuvieron en su sitio; a la luz de tus saetas se fueron, al resplandor de tu lanza fulgurante”; y Josué 10:12-13, el episodio de la victoria contra los amorreos, cuando Josué pide al Sol que se detenga. No obstante, ni la inmovilidad de la Tierra ni el movimiento del Sol involucran dogmas de fe, por lo que resulta un poco difícil entender la férrea oposición de la Iglesia al heliocentrismo. Arce aventura una explicación. En el trasfondo se abordan los conflictos de poder entre Monarquía e Iglesia.

El matemático del rey es una obra amena, sencilla y breve. Justamente en su brevedad, y la abundancia de personajes, radica uno de sus puntos débiles. Al terminar las 216 páginas adviene la sensación de que el desarrollo quedó a medias, aunque no por eso es menos disfrutable.

 


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