David H. López
David H. López

Alguna vez escuchamos una frase lapidaria, “el cinismo es el lenguaje del mal”. La verbalización, “las cosas están mal y no tienen remedio”. Los cínicos divierten o irritan por su falta de decoro. “¿Cumpliste con tu obligación?” “No, no lo hice.” Y al decirlo hay un dejo de sobradez. Incluso hay quienes prefieren que disfracen su desdén con alguna excusa. “Miénteme como siempre”, diría el resurgido Luis Miguel.

La funcionalidad del cinismo es frecuentemente humorística. ¿Quién no se ha divertido con la Ley de Murphy? “Si las cosas pueden salir mal, lo harán”. En el fondo el humor político que disfrutamos –por ejemplo- con el talento de caricaturistas tiene una pizca de cinismo, pero burlándose de la desfachatez –involuntaria y no tanto- de nuestros políticos.

Pero eso se traslada a todos los compartimentos de la vida e invade con viscosidad nuestro pensamiento y nos corta los circuitos que buscan cambiar para mejorar. “Ni te esfuerces; al final no lograrás nada”. “Al final todos son corruptos, o acaso ¿tú nunca has cometido alguna deshonestidad?”. Y ese es el factor más dañino, el cuestionamiento –propio o ajeno- hacia el carácter, ya que en el fondo “no tienes un mejor país porque no te lo mereces y, si lo tuvieras, lo echarías a perder”.

La sobredosis de ese lenguaje, sin embargo, nos entraña un grave inconveniente: desde el cinismo es imposible construir futuro. No lo confudamos con sarcasmo o ironía, con los que podemos construir una crítica propia y colectiva. El cinismo cierra caminos y sólo ofrece el precipicio.

Nuestro país tomó decisiones cruciales y radicales en verano pasado. Soy de la opinión de que no sólo fue una elección federal y algunas locales según los estados. Comparto con muchos la visión de que el país aprovechó implacablemente su oportunidad de subir al banquillo de los acusados a un modelo económico extractivo, para desecharlo o, al menos, ponerle un alto y corregir sus aberrantes defectos (principalmente por la desigualdad que ha legado).

¿Fue un solo factor el que propició el “tsunami Morena”? Por supuesto que no, aunque tampoco se pueden determinar puntillosamente los factores en términos cuantitativos, ni decir que la suma de cada cosa fue apilando porcentajes hasta construir esa abrumadora mayoría otorgada a López Obrador con la presidencia y a su partido con otras posiciones.

¿Fue enojo o esperanza? Es difícil determinar cuál de las dos operó en la psique del elector. Pero a la luz de lo que nos puede suceder como sociedad, haya sido mejor la esperanza y, de haber sido enojo, debemos enfocar nuestra energía mental para convertirlo en la primera.

La esperanza es la convicción etérea de que las cosas estarán mejor. Tiene una connotación religiosa, pero junto a la rectitud y a la gratitud nos equivocaríamos si a estas alturas la confináramos a la religiosidad para hacerla nuestra, ya que no es necesario creer en un ser superior para ello.

Tal convicción entraña un lenguaje, una forma de apreciar; sustituye la viscosidad del cinismo con un reflejo eléctrico de acción y bonanza.

Si bien la esperanza fue el eslogan político, el remate publicitario del partido ganador, también es el camino que nos queda para transitar a mejores cosas; en lo colectivo y en lo individual.

Ambos lenguajes en tensión deben quedar perfectamente identificados, ya que al usarlos nos comunicamos entre nosotros y con nosotros mismos. Uno, a lo más para reír de nuestra imperfección pero el otro como el iniciador de fuego de cosas mejores.

Desde este espacio le deseo a usted, amable lector, una excelente temporada de fiestas y un 2019 cargado de esperanza. Nos leemos en enero.

 


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