David H. López
David H. López

La primera regla de los entrenadores de relaciones públicas para quienes se inician en responder entrevistas es: ‘responda lo que le convenga’.

De allí, transformar a un político o figura pública en ciernes, con ciertas ambiciones y potencial para ser elocuente y asertivo al comunicar en un verdadero spin doctor, es una tarea que tarda años. Son excepcionales los voceros que en poco tiempo se transforman en grandes exponentes de sus mensajes.

Lo mismo a la inversa; un entrevistador experimentado tampoco se hace de la noche a la mañana. Desde sus inicios como un reportero agresivo para preguntar, hasta ser un colmilludo conversador fingiéndose ignorante para que el entrevistado haga las afirmaciones más comprometedoras.

Hay dos factores que se han transformado con la irrupción de las redes sociales: la edición, entendiéndola como la preparación de la noticia cuidando su forma y contenido, y la recepción o escucha y procesamiento de un mensaje o noticia.

La primera ha sido el trabajo por excelencia de las redacciones. Se ha dividido en la corrección del estilo para respetar la personalidad y estilo de la publicación hasta la selección de temas y tratamiento informativo. Gracias a la inmediatez de las redes y al interés informativo en tiempo real, ese procesamiento ha perdido mucho margen para filtrar, seleccionar y manipular.

Luego, la recepción se ha transformado junto con la forma de ser de la audiencia. De la pasividad del televidente, a la impaciencia del internauta. Y hasta en eso hay matices; los estudiosos del fenómeno observaban cómo los escuchas de la radio tenían mucha más alta proclividad a la imaginación cuando este medio predominaba y antes de la llegada de la televisión como medio de masas, en contraste con el público de esta última, menos propenso a imaginar y pensar, concediendo toda la credibilidad a la imagen. Ahora vemos los mismos matices en las redes para delinear la personalidad y talante de cada una en razón de edades, intereses y temperamentos: no es lo mismo un usuario o influencer de Twitter que de Facebook; sus temas, tratamientos y forma de expresión son diferentes; por ende, muchos de sus lenguajes también lo son.

No pocos productores y conductores de televisión parecen todavía no entender esta dinámica y viven atrapados en la época de la comunicación unidireccional que privó hasta principios de este siglo.

Con todo, tanto medios como protagonistas siguen aferrados de muchas formas al periodismo de declaraciones. Tanto por la ruptura generacional e inmediatez como por la evolución del espectador, la llamada ‘selección natural’, en esta carrera por la credibilidad, se encargará de ellos.

En una combinación de ruptura generacional aunada a los valores que cada generación privilegia, las audiencias ya no aceptan ni la edición de los medios ni el ‘spin’ de los protagonistas; quieren autenticidad.

Desean hacer uso de la interactividad de las redes para responder y ser tomados en cuenta. Si un tema los interesa lo abordan e incrementan menciones y conversación: lo vuelven ‘tendencia’.

Esos mismos usuarios reaccionan como ‘anticuerpos’, fulminando todo intento de manipulación cuando perciben que las cuentas oficiales de alguna oficina, personalidad o marca quieren forzar la espontaneidad de las redes con ‘trending topics’ a sueldo. Ante eso atacan, escarnecen y regresan a sus promotores efectos contrarios a lo buscado.

Mediante la autenticidad, cualquier personalidad u organización se expresa tal y como es, ya que es inevitable la aduana de la rendición de cuentas en términos de opinión pública. Y en ello la memoria de las redes es infinita, llevando cuenta de cada inconsistencia.

Al parecer no hay otro camino, y eso es una buena noticia.

 


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