Enrique Laviada
Enrique Laviada

Una de las pretensiones más complicada, confusa y riesgosa del nuevo gobierno de la República es la de lograr lo que han denominado Constitución Moral, supuestamente inspirados en la Cartilla moral de Alfonso Reyes, por aquello de su obsesión de hacer historia.

En la edición del Fondo de Cultura Económica (FCE) se nos dice que la Cartilla es un valiosos opúsculo escrito por Reyes en 1944, “cuyo propósito inicial fue servir de apoyo al fervor alfabetizador”, pero agrega que se convirtió en una “guía laica, respetuosa de creencias particulares”, que está pensada con un ánimo liberal de urbanidad para el “mejor concierto de una determinada sociedad”, nada más y nada menos.

Por cierto, ese escrito toma siempre y en todo momento respetuosa distancia de la Constitución, es decir, aparece en efecto como una guía de comportamiento, una especie de apoyo a las leyes, pero nunca muestra ambición alguna de suplirlas o incluso ser su complemento ideal, nada de eso, se trata de una determinada forma de entender la convivencia civilizada.

Su contenido, creo, explicaría exactamente las razones por las cuales resulta una volada hablar de una Constitución Moral fuera de la Constitución General de la República.

Veamos:

Por principio de cuentas, las ideas contenidas en la referida Cartilla de Reyes corresponden a una determinada época que muy poco o nada tiene que ver con el contexto actual del país, lo que sólo nos reporta uno más de los lances con los cuales Andrés Manuel López Obrador pretende colocarse como figura histórica entre grandes retratos, estatuas, monumentos y, también, opúsculos.

En la Cartilla de Reyes se dice que el hombre se debe educar para hacer el bien. Esta educación y las doctrinas que ella inspira constituyen la moral y fundamentan la ética, rigen el comportamiento de los individuos y las relaciones que establecen en determinada sociedad.

Pero agrega textualmente: “la moral de los pueblos civilizados está toda contenida en el cristianismo”, y de ahí desgrana una serie de conceptos que equivalen a un conjunto de “respetos” o “preceptos” que equivalen a “los mandamientos” en la religión, esos que son inapelables y “no se les puede desoír”, se trata de la búsqueda constante de la “armonía entre el cuerpo y el alma”, de todo aquello que nos distingue racionalmente.

Un eje del comportamiento que sugiere la Cartilla estriba en que “las necesidades corporales impuestas por la naturaleza deban ser cumplidas con decoro y prudencia” con lo que se deja sentir la presencia de la moral decimonónica, aún viva entre sus líneas.

El “sistema de respetos” contenido en la Cartilla evidentemente no tuvo ninguna consecuencia legal o normativa, aún en su época, debido a la imposibilidad de encontrar el “sistema de sanciones” que deberían acompañarle.

Desde luego, debe reconocerse la solvencia intelectual de Reyes para dotar de valores éticos a palabras como gusto, felicidad, deseo, familia, alma, bondad, armonía, verdad, pero evidentemente resultan sumamente cerrados y francamente distantes de las complejidades de nuestro mundo actual.

Sin embargo, el problema mayor estriba en el uso que de esa Constitución Moral pretendan hacer las huestes de Morena, lo que horroriza es que busquen imponer su moral sobre la de los demás, su visión por encima de las otras, su manera de vivir, su concepción del mundo, su peculiar forma de entender el cuerpo y el alma, su idea de felicidad, su concepción acerca del bien y del mal, su verdad como única e inapelable, para introducirlas en la familia y en el ámbito de la vida privada de los individuos, en una generalización que terminaría por prefigurar uno de los deseos primarios de control que son propios de cualquier dictadura.

Por último: si de lo que se trata es de combatir la corrupción, mejor sería olvidarse de los desvaríos religiosos y aplicar la legalidad, sin falsos rodeos ni voladas moralistas.

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Acertijo

Hay cortinas morales de humo.


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