Enrique Laviada
Enrique Laviada

Hace ya bastante tiempo dije algo en unas cuantas líneas que a continuación traigo a este mismo espacio, fueron escritas en medio del enorme entusiasmo que se vivía en el PRI, justo cuando el personaje mencionado acaparaba los reflectores y se convertía en la esperanza de su regreso al poder:

Jueves, 26 de agosto de 2010

 

De un tiempo a esta parte ha sido evidente la preponderancia de la forma, por encima de la sustancia o la calidad de los procesos políticos nacionales.

Parece que no tenemos remedio.

De la famosa transición democrática no hemos cosechado más que una sarta de locuras, desaciertos, excesos y coloridos fracasos que podrían, en todo caso, ilustrar nuestro atraso cultural, y digo cultural en el más amplio sentido de la palabra.

Parece que no tenemos remedio.

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Y no era para menos, pero también debo recordar que muchos me veían sorprendidos, pues, tal vez, detrás de mis palabras se aparecía algo similar a la ingenuidad, era como no querer reconocer que Enrique Peña Nieto era un fenómeno político que, sin duda, se convertiría muy pronto en sinónimo del éxito electoral de una apariencia, un genuino producto de los poderes fácticos, que resultaría sencillamente invencible, pero con todo y eso afirmé que:

El déficit democrático nacional bien puede compararse con el éxito que logra en las encuestas el gobernador mexiquense, Enrique Peña Nieto, a quien mientras más escucho mejor me convenzo de su futilidad.

Debo decir que la colección de lugares comunes, frases hechas, silogismos y compactos pensamientos que exhibe en cada una de sus apariciones del Gelboy (como le dicen en los medios nacionales) no tiene comparación.

El discurso del PRI se torna, por efectos de la magia mercadotécnica de Peña, en una simple forma de obtener simpatías electorales referidas al aspecto más que al intelecto personal del político en turno, y con arreglo a su prelación sucesoria.

Es así como el hijo prodigioso del grupo Atlacomulco supera por mucho a otros aspirantes tricolores como Manlio Fabio Beltrones… y de lejos.

Parece que no tenemos remedio.

A tal grado ha llegado la confusión política que se genera en el más importante partido político nacional, quiero referirme con ello al PRI, que sus dirigentes han encontrado pronta resignación y un conmovedor entusiasmo electoral, producto de las encuestas realizadas hasta la fecha.

El peñanietismo se muestra arrollador.

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Las imágenes relacionadas con el entonces favorito del PRI a la presidencia de la República dieron lugar a una gigantesca operación de propaganda que incluyó fotos en los diarios, reportajes especiales en revistas, programas de televisión, videos actuados con soltura, creación de símbolos (el copete) y, por supuesto, imaginarios colectivos desbordados, entre los que destacaba un impacto especialmente fuerte en el ánimo de las mujeres de todas las clases sociales.

Tanto que la clonación se encuentra seriamente perfilada con los casos de otros políticos en asenso como Miguel Alonso en Zacatecas.

En todos los casos no importa mucho su capacidad para resolver los dramáticos problemas que afectan a sus respectivas entidades, cuanto que encarnan el nuevo producto electoral que se funda en la superficialidad.

Y mire usted, estimado e impaciente lector, resulta que, aunque en efecto contaron con abundante apoyo en las urnas, no parece que tengan la capacidad necesaria como para ofrecer alternativas claras para México y sus regiones, pero lucen bien y con buenos modos, lo que suele (solía) ser suficiente.

 

Parece que no tenemos (tuvimos) remedio.

 

Acertijo:

El peñanietismo podría definirse, pues, como la enfermedad infantil del priísmo en la democracia incierta o algo así por el estilo.

La ironía de los tiempos actuales nos indica que, sobre las ruinas de esa apariencia, el futuro nos depara una restauración de las más abusivas y arcaicas prácticas autoritarias.

Parece que no tenemos remedio.


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