CLAUDIA CAMPOS
CLAUDIA CAMPOS

En la vida de todo ser humano sobreviene un momento crítico y singular en que su existencia no es otra cosa sino mera cuestión de Fe. Me ocupaba de esta reflexión cuando por circunstancias otras descubrí que lo mismo sucede en lo que toca al amor pero, para este último, se requiere una delicadeza singular, que lo alimenta, entonces se trata más bien de devoción.

La devoción implica afecto, respeto, admiración, contemplación, reverencia y adoración (discursos con los que describimos comúnmente al amor) y son dirigidos con voluntad hacia algo o alguien, sea una persona sea una institución o una entidad religiosa. La devoción encarna la acción, valen más los hechos que las palabras. Sin centrarnos en el motivo, ser devoto nos lleva a hacer cosas que finalmente se revelan como actos de fe, que no es otra cosa sino confiar, creer y tener esperanza.

Tener devoción es entregarse totalmente a una experiencia, en tal sentido, somos todos devotos. Cada uno elige y destina sus esfuerzos a mantener y renovar tal disposición veneradora, y en ese ejercicio nos encontramos con una especie de privación voluntaria. La devoción nos despoja secretamente de libertades del ser, que a su vez son compensadas por el alivio, la sanación y el desahogo de nuestra necesidad.

Devociones hay muchas y diferentes, las hay terrenales y de orden espiritual. Mientras que unas nos atan y nos llevan a perdernos en rituales absurdos y arreglos detallados de nuestra cotidianeidad para seguir practicando dicho amor, dedicación o afección; las devociones espirituales, que tienen un origen de carácter místico y fervor religioso, desbordan nuestra existencia terrenal y enmiendan su lógica, que a nuestro parecer es a veces absurda y otras muy dolorosa.

La cultura popular mexicana contiene y se expresa en una muy variada colección de simbolismos religiosos; muchas de esas formas son resultado de la devoción. Los espacios públicos se encuentran transformados por tales extensiones del fervor y la fe. Hay una presencia continua de imágenes que de alguna manera protegen, vigilan, santifican y dan pertenencia a los espacios comunes. Lo mismo encontramos un mural, un altar, un recinto o capilla improvisada, estampas, ofrendas, adornos y flores por calles, callejones y avenidas, en la central camionera, dentro y fuera del transporte urbano, bajo los puentes y dentro de nuestro hogar.

Los devotos llevan con orgullo estampas, playeras, reliquias y un sinfín de artilugios más que les permiten dar cuenta, identificarse y sentirse activamente orgullosos de su fe. Tal vez no todos los mexicanos somos devotos religiosos agradecidos y constantes como una gran mayoría lo es, pero vivimos, sentimos y percibimos las devociones otras, y en la tradición, las compartimos. Sea de nuestra gracia o no, a todo santo le llega su fiesta. Y entonces, de pronto, nos vemos cooperando y asistiendo a la fiesta patronal de barrios, comunidades y ciudades enteras, caminando entre danzas y peregrinaciones, asistimos puntualmente a recibir comida en las denominadas reliquias y, claro está, aprovechamos los asuetos y días feriados en fechas tan significativas como un 12 de diciembre. Expresiones como ¡A buen santo te encomiendas! ¡Te quedaste para vestir santos! ¡Ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre! ¡Al santo que no me agrada, ni padre nuestro ni nada! se viven y se usan como una fuente de sabiduría popular.

Sugiero que los mexicanos somos gente con harta devoción, a lo terrenal y a lo místico. En el futbol, en la política, en la música, en el baile, en la literatura, en la televisión, en las calles, en la familia hay devoción. Mucha de la cultura mexicana entrevera una creencia religiosa anclada a la tradición popular, no en vano la figura de El Santo, el enmascarado de plata ha trascendido generaciones y es emblema de la significación de lo sagrado, de la justicia y del bien, por tanto distingue la devoción del mexicano, sostenida de fe en todo aquello que le salve de una vida de sacrificio, dolor o injusticia.

La heterogeneidad alegórica de nuestras tradiciones se muestra, como ninguna otra, porque se desdibujan los límites de lo institucional, lo laico, lo pagano y lo religioso. Tenemos por ejemplo miembros numerosos de sindicatos asistiendo a dar gracias a su santo patrono; organizaciones civiles cuyo objetivo es alentar y promover su devoción y que reúnen fondos para acudir anualmente al santuario correspondiente, ya sea para dar gracias o hacer una petición; oficinas administrativas y de negocios tienen en sus rincones imágenes religiosas; los cementerios aunque son jurisdicción del orden administrativo municipal se llenan de ofrendas, retratos, fiesta y oración cada dos de noviembre; asimismo, en los mercados se ofrecen un sinfín de bálsamos, aceites, hierbas y esencias que acompañan los rituales que se dedican a los santos, mismos que sanan y alivian males.

Este clima de devoción constante que inunda nuestro haber social se desarrolla con un alto sentido de pertenencia y apropiación, pero requiere además tolerancia y respeto, por tal razón siempre he creído que las devociones en México son el mejor vehículo para hacer sociedad. El mexicano devoto sale a la calle, se apropia del espacio público, se organiza, reúne familia, vecinos y comunidades enteras con un mismo fin. Respeta y se solidariza con quienes a su vez, le acompañan en su veneración al mismo o a diferente santo, las peregrinaciones son manifestaciones públicas y pacíficas, cuya unicidad y tolerancia a la otredad sorprenden y abruman; por instantes, si lo pensamos, lo místico deviene político. El mexicano en aras de vivir su devoción ejerce una serie de valores cívicos y éticos desde el umbral de sus creencias, algo que sin duda pertenece a la esfera de lo privado, impacta en la vida pública.

 

Fíate del santo y no le prendas la vela

Lo cierto es que la devoción en los mexicanos revela la existencia de una muy arraigada necesidad de esperanza, que además se oculta en nuestro interior, motivada tal vez por una realidad social que se describe como adversa, desigual, violenta e injusta y que se vive con un dejo de fatalidad. De ahí que los mexicanos acudan a un grupo numeroso de imágenes por venerar y que no sea casual que San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles sea uno de los más visitados.

Para ilustrar mejor este fenómeno, me permito traer de la memoria la obra de la escritora María Amparo Escandón que titulara precisamente Santitos (1998), donde describe de manera muy acertada las formas en que puede ser encarnada la devoción. En esta historia que además fuera exitosamente adaptada al cine, se elabora una metáfora en torno al personaje principal. Esperanza, una mujer deprimida que al no poder aceptar la muerte de su hija es conducida por su fe e inicia una travesía en busca del milagro que renueve el sentido a su vida.

Acaso no es ése el milagro que todos un día u otro aguardamos y el más profundo aliciente de nuestras devociones.

 

*Profesora de francés.

Coordinadora de talleres de sensibilización artística y creatividad;

investigadora independiente en arte y cultura

 


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