EDUARDO MARTÍN PIEDRA ROMERO
EDUARDO MARTÍN PIEDRA ROMERO

El fin de semana fue distinto a lo cotidiano: salimos de campamento a un centro ecoturístico llamado El Salto del Penitente. En el lugar se pueden apreciar un accidente geográfico que determina la cascada de un arroyo, así como al borde de ésta, dos piedras grandes, ovaladas, que si se miran desde ciertos ángulos pareciera que son dos manos, una junto a la otra, como si estuvieran rezando.

La cascada, o salto de agua, tira al menos a 60 metros de altura, en una zona cuya altura ronda los 300 metros sobre el nivel del mar. Se ubica en el departamento de Lavalleja, cerca de su capital, la ciudad de Minas. La zona está llena de paisajes verdes sobre un valle montañoso que parece interminable. Es muy diferente a las montañas verdes de México donde a pesar de tener una vasta gama de climas y accidentes geográficos, no igualan a los cerros uruguayos.

En la zona no hay Internet ni electricidad, por lo que oscurece muy temprano, y así se puede disfrutar de la vista del cielo estrellado. Ahí un amigo me explicó que los antiguos exploradores trataban de ubicar una estrella, la estrella del sur, y que era útil para no perder el rumbo durante las noches.

Luego de la estadía decidimos llegar por unas horas a la ciudad de Minas, lugar –según me dijeron– de los mejores alfajores del Uruguay. Y al decir verdad, Minas es completamente distinta a Montevideo. Minas es una ciudad demasiado pequeña, según leí no rebasa los 50 mil habitantes, y eso que es la más poblada de la zona. Su arquitectura es distinta al estilo montevideano que está lleno de casonas antiguas con edificios modernos colados entre las cuadras. En Minas las casas son más pequeñas, no hay grandes edificios modernos y pareciera más bien pintoresco todo, incluidas las dos plazas para pasear.

La plaza principal es grande, bastante modesta con sus decorados y sólo en el centro destaca una figura ecuestre de Sarandí, un militar que en épocas de la colonia tuvo un papel muy importante en la vida política de la zona. Además, como todas las plazas propias de la arquitectura colonial que recorre gran parte de América Latina, tiene cerca una iglesia y la comandancia (o estación de policías). Así como una sucursal del Banco de la República Oriental del Uruguay.

Cuando me dijeron sobre los alfajores –que a lo largo de dos meses ya había estado probando bastantes y comprobé que me habían hecho engordar– pensé en no creerles. Hay en esta zona del cono sur bastantes tipos de estos dulces. Son difíciles de describir, en México el alfajor es un dulce de coco exageradamente azucarado. Acá son más bien un panecillo redondo a manera de emparedado relleno de dulce de leche (o cajeta para los mexicanos) apelmazados con coco rallado o cubiertos de chocolate, o bañados en merengue o todo junto. Pero bueno, me dijeron que los de Minas eran particularmente ricos. Y a decir verdad, cuando vi su envoltura, pensé en que sólo eran más artesanales que los vendidos en Montevideo, pero me equivoqué. Son ricos, el sabor es justo, no son exageradamente dulces y el tamaño es el indicado, lo suficiente para querer repetir.

 

Estando en la terminal me dio nostalgia. Las terminales de autobuses siempre me dan nostalgia, me hacen pensar en cuántas personas se despiden siempre, en cuántas se reencuentran con ansias, en cuántas parten a otros lugares y en lo cansado que debe ser partir. Además, la terminal es bastante pequeña, y podías escuchar a la gente despedirse sin tener que prestar mucha atención.

 

Durante las dos horas del trayecto entre Minas y Montevideo los países que se colocan sobre el atardecer son muy lindos, las carreteras pareciera que son más delgadas y alrededor están vacías, no hay carteles ni casetas ni ningún otro elemento que rompa con la tranquilidad de los bosques y valles.

Ya estando en casa, la tranquilidad del viaje se esfumó y comencé a preocuparme (no ocuparme, sólo estar con el pendiente) sobre los parciales y todo lo de mi vida como universitario.

 

*Futuro politólogo


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