ALFONSO CARLOS DEL REAL LÓPEZ
ALFONSO CARLOS DEL REAL LÓPEZ

Llegué al último aeropuerto. El final. En el país de los chocolates. Crucé la revisión y ahí estaba en la línea para checar los documentos. Tocó mi turno y me acerqué al módulo. Trataba de expresarme en mi mejor inglés y cuando vieron mis documentos como mexicano, una de los agentes de migración me dijo que ella había estado casada con un paisano mío. “He’s from Mexico city”, me dijo. “Pinches mexicanos. Andamos en todos lados”, pensé.

Me felicitó por mi país. Me dijo que había estado muy contenta todas las veces que había estado. Siempre paseo por el sur del país y nunca conocí el norte, según le entendí. A su compañero, el que me revisaba el pasaporte, le hacía comentarios en una especie de francés raro para mí. Después entendí que era “franco-suizo” y que esa comunicación entre ellos le generó expectativa sobre México.

Cuando me preguntaron el motivo de mi visita y respondí “vacaciones”, se alegraron. “Enjoy your stay”, me dijo la oficial. “Gracias”, le respondí en español. Y no dejaban de sorprenderme cómo habían sido amables los oficiales de migración en la revisión de documentos y a la par recordaba lo incómoda que era la revisión de papales y de maleta en el aeropuerto de la Ciudad de México cuando regresas a tu país en un vuelo internacional. Las diferencias se empezaban a notar.

Beto y Paty pasaron por nosotros en dos vehículos. Habían rentado uno de ellos, un vehículo pequeño que, contra mi pronóstico, permitió que cupieran todas las maletas que llevábamos. Y en un lapso de una hora ya estábamos en la localidad que nos recibiría, en la casa de ellos, esa joven pareja suizo-mexicana con dos hermosos pequeños, Xavi y Noelia. El fondue de quesos nos esperaba. Y vino. Y conversación. Y todo lo que implica que una familia se vuelva a reunir, completa, después de cierto tiempo.

Al inicio de la conversación no dejaba de sentirme un poco sorprendido de estar ahí. Debo decir que esa visita salió, literal, de la nada, como seguramente ya quedó establecido en los textos de anteriores entregas. Me sentía fuera de lugar pero con confianza. Yo era el más nuevo de la bola, por decirlo así. Y a la par de esa sensación, quería hacer muchas preguntas sobre el funcionamiento de las cosas: “¿por qué la gente siempre se detiene en las glorietas? ¿Qué se siente compartir un estacionamiento-sótano con otros vecinos que en la superficie viven separados? ¿Aquí hay tienditas de esquina?”… y otras preguntas que yo mismo acallaba. “Puras mensadas”, me decía a mí mismo.

El primer elemento de mayor cuestión era la convivencia familiar de la joven pareja. No se distinguía la típica distribución de las responsabilidades hombre-mujer que domina el día a día del mexicano promedio. Por el contrario, existía un equilibrio sorprendente en la carga de trabajo de las tareas del hogar, algo que, por supuesto, significaba aún más novedad.

Y cuando entré en calor –o sea, tomé confianza con la banda– empecé a hacer algunas preguntas en corto, principalmente a Paty. Sobre su trabajo, el cuidado de los niños y cosas así. Cosas “leves” para ir tanteando terreno acerca de qué tanto podía conocer y resolver mis inquietudes…

Para empezar, debo decir que de Paty me agradaba mucho su disponibilidad para hablar español –además de que me sorprendía muchísimo la explicación de cómo aprendió los diferentes idiomas que hablaba– y la manera en que, estoy seguro, se mostraba tolerante con mis cuestionamientos sesudos basados en una extraordinaria base de discusión cognitiva que me cargo basada el cuestiones sociológicas (ajá, chato). No es fácil tolerarme y ella siempre se portó extraordinaria en sus diferentes roles. Ojalá haya sabido que me quedé sumamente agradecido con sus atenciones. Ojalá.

Gracias a su forma de tratar a las visitas me di cuenta de algo importante en mi formación: no estoy acostumbrado ni a ser visita ni a recibir. Y en otras latitudes es algo normal. La convivencia que se da en muchos lugares europeos es un ejemplo sólido de cómo se van generando las diferentes mezclas que devienen en nuevos esquemas sociales, culturales, deportivos, espirituales y políticos, por citar algunos. Y en México, mi México, aún persiste una gran diferencia en el nacionalismo del norte con el que tenemos en el sur…

 

*Politólogo


Nuestros lectores comentan

  1. El mes pasado fui a CANADA de vacaciones y me quede sorprendida con la amabilidad de las personas y del personal de migraciòn de ese pais y aun con el de E.U. ya que hice escala en HUSTON y la verdad el personal de migraciòn de este pais deja mucho que desear son groseros, prepotentes y mal educados se sienten intocables y no se vale que tristeza!!!