Manuel J. Jáuregui
Manuel J. Jáuregui

Independientemente de lo que arroje la consulta popular sobre el destino del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, hay cuando menos dos cosas que quedan claras:

1.- Que saldrá exageradamente caro, casi 300 mil millones de pesos, unos 130 mil más de lo originalmente ofrecido. Cabe recalcar que este incremento bestial se da cuando la obra apenas lleva poco más de 20 por ciento del avance. Para cuando la terminen, ésta suma incomprensible puede incrementarse más.

2.- El otro punto es que, si bien nos va, el nuevo aeropuerto quedará listo hasta el 2024, esto es, hacia el fin del sexenio del presidente López Obrador. ¿Y mientras qué hacemos?

Estos dos factores indican que la obra faraónica NO SOLUCIONARÁ en el corto plazo la saturación del actual aeropuerto, pues falta mucho para que se termine, aun en el supuesto de que se encontrara un esquema (tipo concesión) mediante el que el Gobierno Federal se zafe de su enorme costo, pero al mismo tiempo se aproveche lo que ya se invirtió y lo que ya se ha logrado construir.

Los hechos citados líneas arriba parecen indicar que aparte de todo el merequetengue de si se continúa o se cancela el proyecto del nuevo aeropuerto, será URGENTE y necesario articular e implementar soluciones de CORTO plazo para aliviar la sobresaturación del actual aeropuerto internacional. En lo que tardan en implementarse las “soluciones”, no habrá otro remedio que seguirle incrementando la capacidad al actual aeropuerto.

Una solución que se maneja desde hace años, es la de construir una tercera pista, hoy cuenta con dos cintas asfálticas paralelas que pudiéndose emplear en un sentido o en otro (5L;5R y 23L;23R) cuentan como si fueran cuatro.

De irse a una tercera, contaría con seis, todo lo que se tendría que hacer es SACAR del actual aeropuerto toda el área que tiene acaparada el EMP (que ha dicho AMLO que lo desaparecerá), los hangares de mantenimiento, las naves de la Policía Capitalina y, por supuesto, como AMLO va a vender el Dreamliner de Peña Nieto, sobraría el hangar presidencial.

En esta área que quedaría disponible se podrían pavimentar en un muy corto plazo la quinta y la sexta pistas, incrementando así la capacidad del aeropuerto actual en uso, ello para dar tiempo a que entren en funcionamiento Santa Lucía o Texcoco sin que en el ínter se ahorque la transportación aérea de la Capital.

La opción de Toluca realmente no es opción, pues el aeropuerto toluqueño padece de un mal incurable que es cáncer para los aviones: su altitud densimétrica (más de 3 mil metros sobre el nivel del mar en días calurosos) es elevadísima, impidiendo que casi todas las naves comerciales puedan realizar desde este punto vuelos de mediano y largo alcance. Además su lejanía del centro de la CDMX hace impráctico, o muy lento, para los pasajeros que lleguen a Toluca el traslado a cualquier parte de la Capital que no sea el sur.

Y pues sí, como afirma el cuestionario de la encuesta popular, está la opción de construir nuevas pistas en la base aérea militar de Santa Lucía. Pero aun esta solución tardaría y no sería la óptima, ya que la proximidad de un aeropuerto con otro limitaría la capacidad de operaciones, pues pudiera haber interferencia de trayectorias porque las pistas están orientadas casi en la misma dirección.

Adicionalmente hay otro problema: Santa Lucía tiene ciertas características orográficas que sujeta su ubicación en particular a la formación de NIEBLA de manera frecuente, impidiendo –o cuando menos complicando– las operaciones aéreas de las siete a las nueve de la mañana.

La “solución” no se mira fácil, aun para los TÉCNICOS expertos y para el ciudadano promedio resultará imposible acertarle. Mas lo que sí logrará es darle al nuevo presidente una patente popular para “pasarle el zapato” a quienes quieren apostarle al esquema de la concesión, liberando recursos no para jugar con avioncitos, pero sí para trenecitos.

Tiró a la perfección el presidente electo una fenomenal bola ensalivada, con más chanfle que las curvas de las Kardashian.


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