David H. López
David H. López

Hay un principio de marketing y relaciones públicas: “después de cerrar la venta, continúa con la conversación”.

Las empresas que producen cámaras fotográficas, bicicletas, accesorios y, por supuesto, computadoras y teléfonos inteligentes, en su estrategia de mercadotecnia utilizan las redes sociales para crear comunidad, mantenerse en contacto con el usuario, detectar fallas o aspectos de mejora en su producto y monitorear hábitos de uso, muy útiles al afinar futuros procesos de venta.

En esa conversación logran dos objetivos sensibles para la viabilidad de su negocio: hacen sentir al usuario parte de una comunidad de mejora y obtienen evaluaciones en las que, al ser el destinatario de sus productos y su publicidad y ser su futuro consumidor, la interacción con él es información valiosa para continuar en su gusto y en su consumo.

En el aspecto empresarial, este principio no es negociable. Hace 10 años la tendencia era hacia esta estrategia, quienes se adelantaron se convirtieron en líderes en sus nichos; quienes se resistieron perdieron su liderazgo y algunos desaparecieron o lo siguen haciendo. En una era en que el diálogo social está apoyada por las redes, es suicida no aspirar al liderazgo general sin marcar la pauta en su nicho en dichas plataformas.

¿Qué tiene que ver esto con la pasada elección?

El juicio no es sobre quiénes ganaron (ameritará otro análisis); en esta ocasión buscaremos aprender desde la perspectiva de “continúa con la conversación” a quienes el electorado mandó a la banca.

Como ciudadanos, esta alienación la sufrimos con otros términos: partidocracia, cartelización de los partidos, sordera de gobiernos a las necesidades y exigencias de la sociedad, traición de los políticos al pueblo…; ese circuito comunicacional no reparado donde el electorado sólo escuchaba los mensajes enajenados de la clase política y gobernante y sufría las burlas en las noticias (los Duartes, los moches, Ayotzinapa, la Casa Blanca, la invitación al candidato Trump a Los Pinos, etc…) y donde el gobierno y los políticos no manifestaban en los hechos ningún viso de corrección, no derivó en una mala conversación sino más bien en una inexistente.

Y lo vimos en las tundas recibidas por todos los políticos (sin excepción) en las redes sociales. En tiempos donde la participación ciudadana se traslada a la conversación social, los políticos no acertaron a conversar sino a pontificar.

La clase política también buscó pervertir la dinámica conversacional manipulando las redes. En uso de los llamados “bots” se crearon tendencias y se inhibieron otras; uno de los ejemplos más sonados (que no el único) fue el hashtag #YaMeCanse escarneciendo al entonces procurador Murillo Karam cuando comparecía ante la opinión pública por el caso Ayotzinapa. A horas de haber ganado un altísimo índice de tendencia, la etiqueta desapareció gracias a artilugios de despachos especializados en ello. Los usuarios detectaron la treta y por ello nació #YaMeCanse2 aunque con menor fuerza.

Ejemplos como el anterior hubo muchos, los cuales, al gobierno federal le compraron unos meses (o tal vez años) de calma, pero ese hartazgo barrido debajo de la alfombra explotó en la cara de los responsables el pasado 1 de julio donde el electorado aprovechó su oportunidad de hablar.

Si el diálogo hubiese sido distinto, acompañado de otras realidades, los resultados también lo hubieran sido.

Los políticos perdedores en la pasada elección cuando salieron electos hace tres o seis años “cerraron la venta”, pero no continuaron la conversación y nunca atinaron a entender que hablar y hablar sin conexión con el público no es conversar con él. O si al entenderlo minimizaron sus consecuencias, eso fue uno de los factores que dieron lugar al “tsunami Morena”.

 

 


Deja un comentario