Enrique Laviada
Enrique Laviada

Apenas el viernes pasado le alertaba mediante estas líneas a usted, estimado lector, respecto del inminente triunfo de la derecha en las elecciones presidenciales de Brasil de este fin de semana, y para desgracia de muchos así fue, y de fea forma.

Jair Bolsonaro obtendría, según los resultados que se dieron a conocer al cierre de las urnas, una “imponente victoria” en la primera vuelta de los comicios brasileiros, rebasando por mucho las expectativas creadas por las encuestas y los cálculos de los analistas especializados en periodos de desencanto.

Este hombre, que se hizo presente de manera transgresiva, por momentos grotesca e invariablemente autoritaria, ha logrado captar la simpatía de considerables segmentos de un electorado sin duda consciente de su determinación final.

Es Jair.

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Este hombre ha jugado de manera incansable con la dualidad o la ambigüedad del mensaje, pues por un lado hace declaraciones de corte racista, homofóbicas y misóginas, para luego enmendar diciendo que “todo ha sido una broma”, lo que no se han tomado como buena noticia las organizaciones de derechos humanos y equidad de género o simplemente progresistas.

El tal Jair es un nostálgico de los tiempos de la dictadura militar, un partidario abierto de la mano dura y un indeciso de la democracia, sin que ello importe grandemente para obtener un grado inaudito de popularidad entre los millones de desempleados que sienten el agobio en el grado extremo de sus vidas o en un país con decenas de miles de muertes violentas al año.

Al final, Bolsonaro es un personaje que encarnara el hartazgo y representa con pundonor una especie de “conducta” antisistema, referida especialmente a los altos, muy altos niveles de corrupción achacables a una izquierda poco apasionada consigo misma.

Es Jair.

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Este domingo, Jair parece disfrutar las mieles de la simpatía desbordada de la muy influyente casta de los agricultores brasileños y, en especial, del brazo todopoderoso de los evangélicos, con un tal Edir Macedo a la cabeza, el alucinado creador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, y sus numerosos aliados conservadores.

Jair es un mito, un aclamado mito, apreciado en toda la línea por las multitudes y los sectores más sedientos de un populismo sin barreras, lejos de la “corrección política” o los “buenos modales” de una izquierda débilmente representada por Fernando Haddad, el heredero político involuntario de Luiz Inácio Lula da Silva, en los tiempos de la decadencia.

No falta quien, motivado por la infamia actual (es ironía), compara a Jair con el fantoche norteamericano y lo cataloga en una gracejada latinoamericana como el “Trump brasileño”. Para desgracia de todo mundo, pienso.

Es Jair.

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Al cierre, las elecciones brasileñas parecen resueltas a favor de quien mejor ha hecho uso de los medios de comunicación, desde su palabrería reaccionaria, hasta el extraño atentado en contra de su vida, pasando por lo que podríamos llamar una narrativa de la autoridad por encima del conflicto, o la crítica morbosa a los devaneos infértiles de la democracia.

A fuerza de aparecer, Jair Bolsonaro ha logrado, por lo visto, convertir la imagen en realidad, con lo que parecería venir el triunfo de un ardid, en el extremo de la angustia social y definitivamente en contra de la mediocridad de la nueva clase política brasileña, forjada por el Partido de los Trabajadores (PT), sin remedio aparente.

Es Jair.

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Acertijo

Acá, todo bien y de malas.

 

 


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