Alberto Chiu
Alberto Chiu

Ayer miles de jóvenes tomaron literalmente las principales vialidades de la ciudad y la zona conurbada –al igual que en todo el país– con dos objetivos fundamentales: recordar la matanza de estudiantes en 1968, y reclamar actos más recientes como la desaparición de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa. Quejas contra el gobierno, los gobiernos, o como quiera ponerlo.

Debido a la toma de las vialidades, miles de ciudadanos se quejaron –muchos a través de las ahora infaltables redes sociales– del entorpecimiento de la circulación vehicular, de los retrasos en sus trayectos para ir a trabajar o a la escuela, o de las posibles sanciones a que se harían acreedores en sus responsabilidades laborales. Quejas sentidas… con cierto grado de comprensión.

Al mismo tiempo, estudiantes universitarios se quejaron de que no les han entregado las credenciales que les dan derecho a descuentos en el transporte público, y tomaron las instalaciones de algunos de sus centros de estudio. Quejas económicas, identificaron muchos.

 

Quejas, muchas quejas por todos lados. ¿Y qué hacer para acabar con ellas? Obviamente, es un derecho fundamental el de manifestarse para reclamar justamente el cumplimiento de las obligaciones del gobierno en cuanto a la educación, en cuanto a la libertad de expresión y manifestación, en cuanto a una digna calidad de vida para todos…

Lamentablemente, más allá de la fecha conmemorativa respecto a los acontecimientos del ’68, o a la actitud represiva del gobierno, o a la aparente pasividad y omisiones de los gobiernos recientes tocantes a la desaparición de personas (estudiantes o no, como sea), el hecho da lo suficiente para cuestionarnos, como sociedad, qué tanto nos quejamos de aquello que realmente vale la pena y es necesario recordar.

Porque ya no se trata solamente de la matanza de estudiantes, o de la presunta participación de las fuerzas armadas en acciones contra el pueblo, sino de cómo nosotros, la sociedad mexicana en general, muy a menudo toma la decisión de quejarse incluso de quienes están de nuestro lado, por el simple hecho de que no compartamos su opinión.

 

No es desconocido el caso de personas que elevan una manifestación para quejarse del mal gobierno, o de un acto de corrupción, o de la impunidad rampante que parece imperar en el actuar gubernamental, y en vez de ayudarle, la sociedad se vuelve contra esa persona, la critica, no le ayudan y, encima de todo… se quejan de él o ella.

Tristemente, nuestro pueblo luego da muestras de ser más intolerante que conciliador; más envidioso que comprensivo; y más demeritante que reconocedor de quien hace algo bien, por el simple hecho de que no conocemos ni al que levanta la voz, ni las causas que lo motivaron.

¿Hasta cuándo vamos a entender que sólo en la unidad, en la empatía de nuestras necesidades y al compartir nuestros sentimientos, seremos un país más fuerte que en la envidia que nos provocan quienes piensan distinto de nosotros? Ese es uno de los retos que tenemos por delante, si queremos crecer como sociedad común, y aprendemos a quejarnos de lo verdaderamente necesario, no de lo superfluo.


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