SERGIO SARMIENTO
SERGIO SARMIENTO

“Pura fantuchería… el utilizar los aviones, los helicópteros.”

Andrés Manuel López Obrador

 

Andrés Manuel López Obrador y su séquito quedaron varados cinco horas el miércoles en el aeropuerto de Huatulco. Su salida en VivaAerobús estaba programada para las 17:20, pero una fuerte tormenta y la saturación de tránsito aéreo en Ciudad de México la demoraron cinco horas.

“No por esto voy a cambiar de opinión –dijo el presidente electo––. No me voy a subir al avión presidencial. Me daría pena, se me caería la cara de vergüenza de subirme a un avión lujoso en un país con tanta pobreza.”

Efectivamente, López Obrador ya no puede echarse para atrás. El rechazo al avión presidencial que no tiene ni Obama fue una parte relevante, aunque mentirosa, de su campaña. Si bien los dos aviones de Obama eran mejores que el mexicano, Andrés Manuel logró promover su imagen de honestidad personal. El golpe político que sufriría en caso de usar el avión ahora sería brutal.

Nunca estuve en el nuevo TP–01, por lo que no sé si sea tan “lujoso” que resulte inaceptable “en un país con tanta pobreza”, pero quienes sí han viajado en él me dicen que no es diferente de cualquier avión presidencial o, si acaso, resulta más modesto que otros.

El Embraer del presidente venezolano Nicolás Maduro, decorado por su esposa Cilia Flores, sí es digno de un jeque árabe. Cuenta con acabados de caoba y oro, 32 asientos de cuero con controles de temperatura individualizados, una ducha tipo spa con siete niveles de agua para masaje, dos habitaciones con cama King, dos cocinas, 12 televisores y Wifi disponible en vuelo y en cualquier país. La decoración de la recámara presidencial la hizo Gucci (peru.com).

López Obrador tiene una visión muy tabasqueña del tiempo y no le preocupa quedarse varado en un aeropuerto. Cuando Adriana Pérez Cañedo le preguntó en una reunión de la American Chamber en abril, qué pasaría si se retrasa un vuelo y no puede llegar a la Asamblea General de las Naciones Unidas, su respuesta fue muy sencilla: “Pues ya no llegué”.

Hay quien ve las cosas de otra manera. Virtualmente todos los presidentes o primeros ministros tienen su propio avión o tienen acceso a uno de la fuerza aérea de su país. José Mújica, ex presidente de Uruguay, famoso por su austeridad personal, se negó a adquirir uno a pesar de que el Congreso había aprobado la compra, pero pedía “aventón” a otros mandatarios, cargando el costo a los contribuyentes de otros países, como ocurrió en enero del 2013, cuando el presidente Enrique Peña Nieto lo trasladó de Santiago de Chile a Montevideo. Después de que Mújica dejó el mando, su sucesor, Tabaré Vázquez, también de izquierda, compró el necesario avión, un modesto C–29 Hawker, multipropósito, que puede usarse para varios objetivos y no sólo para trasladar al presidente.

Yo tengo la impresión de que la labor de un presidente es importante. No me siento tan cómodo con un mandatario que se queda varado en un aeropuerto cinco horas o que no llega a una reunión internacional. Me preocupa, también, que esté incomunicado mientras vuela en aviones comerciales cuando puede haber una crisis nacional. Supongo que a él no lo afectará la sobreventa, tan usual en las aerolíneas, y es muy posible que a sus vuelos se les dé prioridad. De hecho, por protocolo, los vuelos con un mandatario reciben prioridad en las operaciones de los aeropuertos. Pero esto no resuelve los problemas de fondo.

López Obrador ya no se puede echar para atrás por razones políticas. Lo lamento por el país. Supongo que su sucesor tendrá que comprar un nuevo avión presidencial.

 

Avión con AMLO

“Yo no quiero subirme en un avión en que vaya AMLO –me dice Bertha Pantoja, investigadora–. Además de aguantar al séquito, es un peligro para el resto de los pasajeros. Aunque él ame a todo el pueblo bueno, no todos lo aman.”

 

Twitter: @SergioSarmiento


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