Adolfo Luévano / Profesor y lector
Adolfo Luévano / Profesor y lector

 

“La selección de Tello Garrido nos recuerda que Rubem Fonseca, en su intensa carrera literaria, no se ha limitado a narrar la violencia. A veces incluso estruja a los lectores por caminos alejados o de plano opuestos al de la violencia. Así lo hace con “Betsy”, por ejemplo, un cuento muy breve y de publicación más reciente, donde el amor y no el odio es el ingrediente predominante, el ingrediente que no obstante también nos hiere.”

 

He viajado leyendo Los mejores relatos de Rubem Fonseca, antología preparada en el ’98 por Romeo Tello Garrido y desde luego supervisada por el propio narrador brasileño. Lo de viajar lo digo en sentido estricto, pero sin sacrificar el metafórico, pues de verdad me la pasé leyendo este libro en los autobuses, mientras iba al trabajo y cuando, terminado el trabajo, regresaba a la casa. Durante esos breves y monótonos viajes viajé a no sé cuántos rincones del Brasil y a otros lugares que cabe colocar en cualquier latitud de América Latina.

Y es que los relatos de Fonseca, aun antes de ser trasladados del portugués al español, son sin duda alguna latinoamericanos. Representan un mundo muy nuestro. Los escenarios y los personajes de estos relatos pueden ser imaginarios, muy probablemente lo son, pero también pueden, sin problemas, estar aquí, en esto que llamamos de común acuerdo realidad o, cuando nos ponemos más drásticos, la cruda realidad.

Con esto no quiero decir, por cierto, que los relatos de Fonseca carezcan de creatividad o, mejor dicho, que Fonseca no pueda sorprender a sus lectores, en especial a los que, siendo latinoamericanos, nos sabemos ya de antemano todas las trampas de nuestro agrietado entorno. En absoluto. En primer lugar, Fonseca cultiva un tipo de cuento en cierto modo muy clásico: ese que mantiene al lector intrigado, sospechando que algo está por revelársele, y en efecto, casi siempre en las últimas líneas, ese algo aparece de pronto, dejando al lector pasmado. Pero, además, a lo largo de cada relato, Fonseca ofrece un sinfín de elementos que son, por decir lo menos, desconcertantes. Aun, insisto, para nosotros los latinoamericanos, que creemos conocer ya lo peor de lo peor.

La violencia es, por supuesto, uno de los temas predilectos de Fonseca. Con frecuencia nos coloca delante de imágenes atroces. Tal es el caso de dos de sus relatos más célebres: “Feliz año nuevo” y “Paseo nocturno”, ambos pertenecientes a un libro que incluso fue censurado apenas salió a la venta, en el ’75 o en el ’76, pues las autoridades brasileñas consideraban que su contenido era pornográfico y desde luego pernicioso, el producto de una mente desviada, de un sujeto enfermo, inmoral, etcétera. Desde luego, esto sólo catapultó el nombre de Fonseca y de paso al propio autor, quien a partir de entonces se ocupó de producir relatos tanto o más incómodos que los de este libro, el cual es clave en su trayectoria precisamente porque es el que lo define como un excepcional narrador de la violencia.

Pero la selección de Tello Garrido nos recuerda que Rubem Fonseca, en su intensa carrera literaria, no se ha limitado a narrar la violencia. A veces incluso estruja a los lectores por caminos alejados o de plano opuestos al de la violencia. Así lo hace con “Betsy”, por ejemplo, un cuento muy breve y de publicación más reciente, donde el amor y no el odio es el ingrediente predominante, el ingrediente que no obstante también nos hiere.

Otra cosa que recordamos al leer Los mejores relatos es que Fonseca tiene un muy buen sentido del humor, por lo general un tanto retorcido pero siempre eficaz. Esto coloca el realismo de sus narraciones lejos de la tradición naturalista, cuyo objetivo primordial consiste en representar lo sórdido de la realidad, tal vez con la esperanza ingenua de que ésta, al verse reflejada, corrija sus pasos y algún día, por fin, reivindique a las víctimas y castigue a los verdugos. La risa del Fonseca narrador frente a este sueño, el cual encima se sostiene en la convicción de que en el mundo ciertamente existen personas buenas y personas malas, es ensordecedora.

Aunque realistas y enfocados muchas veces en las peores cosas de la realidad, los cuentos de Fonseca no son ingenuos, no ofrecen resquicio alguno por donde se cuele la esperanza; en especial porque, si acaso se asoma la esperanza en ellos, ésta no depende de la fortuna y tampoco de la mano de Dios, sino de la voluntad humana. Y si algo sostienen los cuentos de Fonseca es una fuerte posición de misantropía, un odio hacia la humanidad tan grande que no excluye al propio individuo que la ostenta: “El hombre es un animal solitario, un animal infeliz, sólo la muerte puede ponernos de acuerdo. La muerte será mi sosiego”, opina el personaje y narrador del cuento “El enemigo”.

La misantropía, combinada con las ganas de reírse y con la inteligencia, hacen de cada libro de Fonseca un libro del cual se pueden desprender buenas citas, creo que muy a pesar de los esfuerzos de su autor para no ser un escritor de fragmentos dignos de citarse sacados de su contexto, tal como lo indica el protagonista de “Pierrot de la caverna”: “Querer hacer frases hermosas es tan miserable como querer ser coherente. Yo soy distinto cada semana, cada día, soy contradictorio, brutal y delicado, cruel y generoso, comprensivo e implacable. Esa confesión jamás la haría por escrito, son muchos ecos y rimas de bachiller”. Pues aunque lo siguiente no sea, probablemente, del agrado de Fonseca, cerraré esta nota con algunas frases hermosas salidas de sus puños:

“Cuando no se tiene dinero/ es conveniente tener músculos/ y odio.”

“El dinero gastado pródigamente con una mujer es la más impresionante exhibición de poder que un hombre puede hacer ante ella. El pródigo expresa a la mujer beneficiaria de su despilfarro el mismo poder venerable que el secuestrador, el torturador y el verdugo representan para sus víctimas.”

“Tal vez, stricto sensu, se puede decir esto: que el objetivo de toda revolución es más comida para todos.”

“Los muertos hay que renovarlos, la prensa es de una necrofilia incansable.”

“La cosa más creativa que el hombre puede hacer es comer. Tengo un gran respeto por la gula. Comer es vital –una obviedad a veces olvidada. El arte es hambre.”

“Viajar es conocer idiotas que hablan otra lengua.”

Y así muchas frases hermosas.


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