Ezequiel Carlos Campos / Escritor
Ezequiel Carlos Campos / Escritor

Ezequiel Carlos Campos / Escritor.

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Soy un fantasma que desea lo que todos

los fantasmas –un cuerpo– después del largo

tiempo que estuve cruzando avenidas

inodoras del espacio sin vida al no olor

incoloro de la muerte…

William Burroughs.

 

 

Aquellos entes transparentes, flotadores, aquellos que, con el aullido de buuu, entregan sus pocas fuerzas al arte, llegan ahora al campo de la poesía. Si decimos que toda cosa es poesía, ¿por qué no los sustos del fantasma? Los fantasmas adquieren el poder del habla: la comunicación con el otro, los sonidos que emiten (aquellos sonidos que suenan espeluznantes y asustan a infantes y adultos). Porque sí, ellos son buenos poetas del susto, de lo innombrable.

Entremos, pues, a su poética: los fantasmas escriben poesía y recitan sus versos cual Homero fantasmagórico. No hay que olvidar que la esencia del poema es el lenguaje, y que de eso surge un diálogo. Y ahora entran nuestros transparentes amigos, con su grito de buuu al momento de encontrarse con los hombres; dictan palabras que sólo en el mundo fantasmal se entienden y que, queramos o no, se crea el diálogo entre el fantasma y el hombre.

Si “el reino de acción de la poesía es el lenguaje” ¿cómo podremos señalar que el buuu fantasmal es en sí el propio lenguaje del fantasma y por ende su poesía?

Del susto se hace la poesía del fantasma. Imaginemos: un fantasma en específico está rondando por ahí –aún no sabemos a ciencia cierta por qué los fantasmas andan merodeando por las calles oscuras–. Pero están ahí, flotan como medusas callejeras intentando comunicarse con los hombres. El sufrimiento es tan grande que llegan incluso a tirar cosas, desplazar objetos (poltergeist) o reflejarse con cualquier cosa para intentar el diálogo que incite el formular oraciones fantasmales y lograrse entender con nosotros los mortales.

Ahora imaginemos lo siguiente: el fantasma logra llamar la atención. Aunque no intente hablar sabemos que del silencio nace la poesía. La poesía que los fantasmas logran para ser escuchados, para sentirse vivos otra vez después de no sabemos cuánto tiempo; ese silencio roto porque algo se escucha en un cuarto solo, porque se vislumbra una sombra donde no debería haber, es un algo de realidad, de que los fantasmas existen y necesitan ser vistos y escuchados; ya de por sí su vida es triste, porque su trabajo de vagar y vagar no tiene sentido. El poeta, como el poeta fantasma, sugiere abrir un diálogo con su lector-vislumbrador.

El fantasma es un ente solitario. Se ha dicho que la manera en que estos entes producen poesía es la misma que la de los poetas: entablar un diálogo para encontrar a un receptor, trata de ser visto por los humanos, ¿será, acaso, que lo hacen para sentirse alguien vivo, alguien que está ahí aunque no se vea?, ¿o sólo tratan de entablar conversación con los vivos para asustarlos o asustarse ellos y sentirlo? El poeta revive en la poesía. ¿Es por eso que andan vagando, pensativos, por las ciudades?

La poética del fantasma es hacerse notar, crear el medio necesario para tumbar la barrera entre los vivos y los muertos, reencontrarse en un tiempo y espacio diferente y ajeno. Esa es la belleza de la poesía fantasmal: el intento de sentirse vivo por segunda vez. El momento en que el poema del fantasma se concreta o se queda o desaparece a cualquier percepción de los vivos, al fin y al cabo el fantasma renace en la memoria del que lo vio, lo sintió.

Imaginemos de nuevo: el fantasma logra hacer voltear al sujeto que está viendo, y éste se percata de una presencia donde no hay nada. Se asusta, pero el fantasma se aleja, el poema (su acto de romper la pared del mundo) se ha concretado, se va para quedarse en la memoria de su lector.

El poeta es un fantasma porque anda vagando, seleccionando las palabras del lenguaje para crear poesía; nuestros amigos transparentes hacen lo mismo: aprenden a andar en su mundo y descubren hacerlo en el nuestro. ¿Alguien había pensado que los fantasmas eran poetas?

 


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