Mauricio Flores  / * Periodista y promotor cultural. @mauflos
Mauricio Flores  / * Periodista y promotor cultural. @mauflos

Olivia Rueda, No sabes lo que me cuesta escribir esto. La historia de cómo recuperé el lenguaje. Epílogo ilustrado de Miguel Gallardo, Blackie Books, Barcelona, 2018, 198 pp.

 

Estimada Olivia:

No sabes el entusiasmo que me dejó leer tu libro.

Sabía de qué trataba (tu entrevista en la televisión española es reveladora, tanto de su contenido como de ti) pero entenderás, con mis años tengo reservas a las recomendaciones advertidas sobre esto y aquello. Abordar los dilemas de la enfermedad, cualquiera que sea, es algo a lo que todavía no me acostumbro. Ni yo ni nadie. Pero desde tu experiencia y la sinceridad con la que la trasparentes y compartes con el lector, cualquiera se siente invitado a mirarse en este espejo de transparencia y honradez llamado No sabes lo que me cuesta escribir esto.

Suelen las adversidades empujarnos pasos atrás. No las reveladas en tu bello libro que, si me permites resumirlo a los lectores de este Pasaba por aquí, nos habla de tu lucha (y triunfo, digo yo) en contra de lo que comenzó como un ataque de epilepsia, se prolongó al diagnóstico de una malformación en tu cerebro, y tuvo como colofón repetidas operaciones hasta que una tercera te dejó sin habla ni escritura. Afasia, le dicen.

Vaya cosa ¿no?, admirada Olivia. Del tamaño del mal será el remedio, dirían los abuelos. O como lo adviertes tu misma con ese tono desenfadado, tierno, esperanzador y hasta jocoso utilizando imágenes que nos vienen requetebién a los que (enconchados) nos resistimos a pararnos en nuestro umbral de dolor, el que nos tocó. “La herida más temida por los toreros es la cornada en la ingle que atraviesa la arteria femoral —escribes—. Tiene que cicatrizar bien; si no, puede reventar y te desangras. Pues bien, la arteria femoral es una de las autopistas favoritas de los médicos por una razón sencilla: es ancha y, si conduces por ella, llegas muy lejos”.

Horrible esto del ictus. Del cáncer, la diabetes, los males cardiacos, las parálisis cerebrales, los dolores de huesos y cuánto se nos ocurra. Entre las macabramente llamadas fases terminales y un simple resfriado. Vivimos negándonos al dolor y la enfermedad. No tú, Olivia. No el Mago (¡cómo me gustaría saber más de él!) uno de tus compañeros de terapias de rehabilitación “tocado por el ictus. Tocado —qué bonito lo subrayas—, pero no hundido”. Ese Mago que “ya está preparando un espectáculo de cartas con una sola mano”. Solo por personas como ellos, como tú, ya deberíamos hacer nuestras estas palabras de tu libro, Olivia: “…por su empuje [el de personas como ustedes], intentamos ser menos quejicas y ver todo menos negro”.

Recuperar el lenguaje

Ya casi se acaba el espacio, Olivia. Setecientas cincuenta palabras, no más. Y todavía debo decirte que libros como el tuyo (la historia de cómo recuperé el lenguaje, subtítulo que creo se queda corto; con él recuperaste mucho más, y mucho también nos ayudas a nosotros los lectores a recuperar) ayudan a reconciliarse con uno mismo. Al tiempo que nos revelan las infinitas posibilidades que existen en la literatura y el lenguaje. Cuestiones que analizadas en las universidades por personas muy serias se vuelven complejas, y que desde tu sencillez supiste rescatar para ti y los tuyos y para quienes te hemos leído, para mí mismo. Gracias.

Gracias, de verdad, Olivia, por recordarnos también la existencia de ese “lenguaje secreto, que no necesita diccionarios ni normas gramaticales, con el que tus hijos te entienden”. Lenguaje que en nuestras ofuscaciones hemos confinado de la vida diaria, poblada de presencias y ausencia y no pocos problemas, incluidos la enfermedad propia y la de los nuestros, que tú si has logrado sortear.

Termino viéndote salir de tu clínica de rehabilitación, hace ya un tiempo (tan bien como te ves ahora en televisión, eh, Olivia), decidida a escribir y compartir frases como esta: “Cuando las fuerzas se debilitan, los aliados son más claros. Son personas heridas que necesitan ayuda. Cualquiera puede acabar en ese sitio. Solo por eso, tenemos que luchar para que la sanidad pública sea mucho mejor. Hay que luchar por la educación. Hay que luchar por las cosas importantes de la vida”.

Hasta pronto, Olivia. Me quedo con tu dicho —dicho y sentido desde el corazón, creo yo—: “la literatura es el único regalo que nunca pierde valor. Al contrario, siempre lo gana”.

 

Mauricio.


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