EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*
EZEQUIEL CARLOS CAMPOS*

“Ir a una biblioteca, como ir al museo, pienso, es visitar las tierras inhóspitas donde radica la muerte. No sólo se escucha el silencio de los visitantes, los cuchicheos al hablar bajito por las reglas, sino las voces de tantos muertos como si fueran los propios autores los que estuvieran leyendo sus obras, y nosotros, como intermediarios de infernal acción, releemos de las cosas pasadas y por venir”

 

 

Nunca me ha gustado entrar a las bibliotecas. Ni quedarme a leer en los sillones, aunque cómodos, porque hay algo muy adentro de mí que me impide pasar las hojas tranquilamente. Tampoco me gusta ver los estantes llenos de libros, la infinitud me da pavor. Los estantes, enormes, pesadísimos, hacen que, cada vez que pase, me vayan recorriendo escalofríos por todo mi cuerpo.

Las formas de las bibliotecas me han parecido desde siempre el infierno de Dante. Y es que cualquiera tiene un parecido con el mal. Me explico: hay grandes puertas a la entrada, que se abren con tan sólo estar cerca, como si los pencados fueran tan grandes para pasar así de simple y rápido. Hay que dejar lo que uno carga en la paquetería porque, lamentablemente, no se puede llevar nada para la salvación. Si alguien se para en el centro de todo el espacio, largos y altos pisos van a elevarse. Si camino de manera circular por entre los pisos me recuerdo como un Dante sin Virgilio, sin otro guía más que los señalamientos de las materias, géneros, que cada estante guarda en sus huecos. Y cuando alguien camina por la librería el silencio aturde, las miradas de la gente que te observa subir las escaleras como si no hubiera otra manera de castigo, que acercarse, poco a poco, al espacio de los condenados y de los muertos.

Ir a una biblioteca, como ir al museo, pienso, es visitar las tierras inhóspitas donde radica la muerte. No sólo se escucha el silencio de los visitantes, los cuchicheos al hablar bajito por las reglas, sino las voces de tantos muertos como si fueran los propios autores los que estuvieran leyendo sus obras, y nosotros, como intermediarios de infernal acción, releemos de las cosas pasadas y por venir. No se dejen atrás a los autores que están por morir: yo, tú, él… todos los que alguna vez habitamos esta vida y se nos ocurrió dejar para la posteridad algún ejemplar guardado en biblioteca, y llame a los habitantes de este infierno para ayudar a inmortalizar unas palabras ajenas pero que siempre nos las apropiamos. Entre el silencio, las voces de todos los autores piden lectura. ¿A quién de tantos escuchar?

No se diga de la gente que anda aquí y allá por toda la biblioteca, como aquellos condenados en busca de un ejemplar sin encontrarlo, un mito de Sísifo completamente moderno: hallar y volver a poner, llevarlo y entregar. Y aquellos semi guías que trabajan en la biblioteca, los que llevan ahí más tiempo, estatuas, trabajadores del infierno que lo único que quieren es llevarte al lugar equivocado para que las penas sean más grandes y, una de dos, o te quedes más tiempo vagando o mejor pienses en el plan B que será dejar la biblioteca y tener que ir al otro infiernillo libresco, la librería.

Quizá sea mi imaginación. Quizá fue culpa de mis maestras que me mantenían encerrado ahí minutos enteros como castigo; pero cómo no relacionar un espacio con el otro, pareciera que los muros llenos de libros se estrecharan hasta hacerte papilla; la condena del conocimiento impalpable o infinito; cuando hay más libros que gente y uno sin poder leerlos porque el tiempo es corto; y, algo aún más grave, los libros estáticos como pinturas tenebrosas de miradas acusadoras, porque, citando a Rodrigo Fresán, [ojalá –agrego para darle otro sentido–] que “los libros no estén todo el tiempo ahí, a la vista, recordando con su atronador silencio todo lo que no se ha leído ni se leerá”. Libros que pesan más que la tierra misma y los estantes, los suelos, las paredes, están a punto de soltar el peso de tantas hojas porque al fin y al cabo el infierno en algún momento será apagado.

Y si no me creen es porque son una más de las almas que vagan por los pasillos, o aquellas que ya ni se dieron cuenta que murieron y están más asfixiados que los condenados en la historia de Dante.

 

*Escritor.

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