Alberto Chiu
Alberto Chiu

Al filo de la medianoche de este domingo, y luego de los mensajes de Pepe Meade, de Ricardo Anaya, de Lorenzo Córdova y del mismo presidente Enrique Peña Nieto, la tendencia que mostraban los resultados preliminares contabilizados por el INE eran indiscutibles: la decisión ciudadana dio como triunfador de la elección presidencial a Andrés Manuel López Obrador.

Más allá de los discursos absolutistas de “los buenos y los malos”, de “la mafia y los honestos”, de corruptos contra inocentes, en esta ocasión me parece que lo que hay que destacar ante todo es precisamente la manifestación masiva de la decisión individual, y que precisamente lo que cuenta –y lo que se cuenta– son los votos. Según las mediciones preliminares, en esta ocasión ha habido una ejemplar participación de los ciudadanos, y como quiera que sea eso da gusto.

Desde la elección del año 2000, cuando la participación ciudadana alcanzó prácticamente el 64 por ciento, no se había dado una votación tan copiosa como la que parece habrá de registrarse en esta elección, cuando terminen de contarse los votos en los próximos días. Hay quienes avizoran una participación cercana al 70 por ciento, y nuevamente, eso también es de dar gusto.

Da gusto que la gente empiece a tomar mayor conciencia de la importancia de su participación en la construcción de un país, y de una democracia con todo lo imperfecta (o perfectible) que pueda ser la nuestra. Da gusto que la gente acuda a las urnas para que nos demos cuenta de que “meterse” en el ejercicio democrático tiene resultados efectivos y reales, ya que eso puede ayudar a restaurar –al menos en parte– la confianza en los órganos e instituciones que salvaguardan la decisión ciudadana, y en los ciudadanos que conforman dichos órganos e instituciones.

Hay que destacarlo, insisto. Y si ayer nos tocó a nosotros, los ciudadanos, cumplir con la obligación de ir a votar y expresar nuestro sentir y nuestra intención y vocación democrática, pues hoy no es la excepción y nos vuelve a tocar a los ciudadanos. Más allá también de lo que pueda, quiera o intente hacer el próximo presidente de la república, será a los ciudadanos a los que nos toque mantener el orden, la paz y el trabajo cotidiano en nuestras casas, colonias, barrios, comunidades y ciudades.

No sólo a los gobernantes, que llegan a administrar el Estado, o a diseñar y elaborar leyes; la voluntad de cada uno de nosotros que quedó expresada en el voto no puede solamente quedarse ahí, ni nosotros podemos simplemente “tirarnos a la hamaca” a esperar que ahora sólo los que resultaron electos se encarguen de todo. Sería el peor error que cometiéramos como ciudadanos. Si ya nos dimos cuenta de que nuestra voluntad individual puede en unidad cambiar una “marca” de gobierno, ¿por qué no darnos cuenta de que también en unidad podemos cambiar la lucha contra la corrupción, combatir la impunidad, exigir eficiencia y eficacia del gobierno, o coadyuvar a nuestra propia seguridad pública?

Por lo pronto, hayamos votado como hayamos votado, no me queda duda que a quienes ganaron hay que darles el beneficio de la duda; y reiterar que de aquellos que no ganaron en las elecciones, se espera por lo menos su voluntad para contribuir a la democracia desde la trinchera donde decidan seguir participando. Y no solamente hablo de los candidatos, sino de quienes manifestaron su simpatía por unos o por otros.

Para que nos quede claro: las elecciones ya pasaron, la autoridad electoral dará a conocer los resultados finales de la votación y habrá ganadores y perdedores. Pero a nosotros lo que nos debe seguir importando no es eso, sino trabajar todos los días, individual y colectivamente, para hacer de nuestro país un mejor lugar. Es la responsabilidad y la obligación de todos y cada uno de nosotros, y ojalá lo sepamos valorar y actuar en consecuencia, para no echarle la culpa –como siempre– a los gobiernos.


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