Alberto Chiu
Alberto Chiu

No hay pretextos ni excusas: no habrá distractores este fin de semana como para no acudir a las urnas a depositar el voto que le dará una nueva cara a la nación. No jugará la selección mexicana, ni se anticipa algún otro evento que pudiera quitarle reflectores a la llamada “fiesta de la democracia”.

Aun con la derrota sufrida por la selección nacional a manos de su similar de Suecia, con un horroroso marcador de goliza 3 a 0, medio mundo festejó por las calles y en diversos lugares de reunión el pase de panzazo a los octavos de final en la Copa Mundial Rusia 2018 de la FIFA. Y su próximo partido –que algunos dicen será dificilísimo– lo jugará el próximo lunes contra la selección de Brasil. Pero será hasta el lunes, y mientras tanto muchos mantienen la esperanza de que se haga un buen papel si ya en anteriores ocasiones también se le ha ganado a esa escuadra del scratch du oro.

Lo bonito del asunto es ese precisamente, cómo los mexicanos –muchos, quizá no todos, pero muchos– alimentan la esperanza en que un equipo de futbol nos dé una alegría nacional si sigue avanzando en la copa mundialista. ¿Por qué no pensar entonces que también podríamos alimentar nosotros, como ciudadanos, la esperanza de que en las elecciones definiremos en conciencia el futuro del país?

En ambos casos, la esperanza juega un papel fundamental que sólo es comparable con las acciones que tomemos cada uno para hacer realidad eso que esperamos. Y en el caso de la definición de nación, mucho tenemos que hacer los ciudadanos para alcanzar los sueños y volverlos realidad. Para empezar, hay que cumplir como tales con nuestras obligaciones.

Podremos albergar la esperanza de que los servicios básicos lleguen a toda la población de manera universal: el agua, la salud, la educación, etcétera. Pero esa esperanza también debe ir acompañada del cumplimiento en el pago de dichos servicios, en la colaboración con la autoridad, en la formación de los hijos en casa.

Podemos también tener la gran esperanza de que pronto se acabe la inseguridad, y de que las calles y plazas públicas, así como los hogares, sean lugares donde no haya que temer un ataque armado, un asalto, un levantón o un secuestro. Pero para ello también debemos coadyuvar con la denuncia de los actos ilícitos, el valor cívico para responsabilizar a quien comete un delito, y la responsabilidad de darle seguimiento cercano a lo que hace la autoridad.

Porque no se vale que, teniendo la esperanza de que las cosas cambien para bien, simplemente nos sentemos a esperar que ese cambio ocurra como por arte de magia, sin nuestra intervención. Así no funciona. En otras palabras, si usted tiene la esperanza de que el país puede cambiar para bien en manos de tal o cual candidato, no se vale que se quede pasivo ante la oportunidad que tiene de participar mediante el voto. Y por el contrario, esa misma esperanza debería conducirnos a aceptar, con calma y respeto, con altura de miras, cualquier resultado por adverso que sea a sus intereses.

Lo que no se vale en estos momentos, que se supone acabaron las campañas y viene el momento de reflexión, es seguir alimentando la posibilidad del encono, el fuego de los rencores contra quien gane, la división y la polarización de la sociedad haciendo escarnio de los perdedores o exacerbando los elogios a los ganadores. Tenemos que ser serios, y no andar empujando las agresiones o los amagos de agresiones, que eso sólo conduce a más agresiones.

Pero es que sin las distracciones que podría suponer el futbol, el mundial o las olimpiadas, es muy preocupante que en estos días se vuelva más común la violencia exacerbada entre simpatizantes partidistas, y más preocupante que al parecer esa violencia se contagia a todos los institutos políticos. Alimentemos la esperanza y actuemos en consecuencia, rechacemos la violencia y busquemos hacer un mejor país..

 


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