Alberto Chiu
Alberto Chiu

Hoy culmina, formalmente, el periodo de las campañas electorales y se da paso a ese lapso en el que –se supone– los ciudadanos nos damos un chance de reflexionar, sopesar todo lo que escuchamos durante los meses anteriores de parte de cada uno de los candidatos, evaluar las propuestas y las promesas que nos hicieron (incluidas las de bajarnos el cielo, la luna, las estrellas y llevarnos al primer mundo en un tris), para que con todo eso en mente el próximo domingo votemos por unos o por otros.

Hasta aquí llegaron, por el momento, las cancioncillas malhechas que nos restregaron, a toda hora y en todo lugar, los nombres de los candidatos. Hasta aquí llegó la difusión de toda clase de panfletos, volantes tirados a la basura, espectaculares que entre todos pagamos con nuestros impuestos, frases y poses para la tele, la radio y los demás medios electrónicos.

Hasta aquí llegó la cantaleta repetida por todos ellos de que “nosotros somos la mejor opción, y todos los demás son corruptos, mafias, rateros, etcétera”. Y todavía ayer les escuchamos a todos (sí, a todos) vaticinar en sus correspondientes cierres de campaña que ellos son los ganadores de la elección… cuando todavía ni siquiera votamos los ciudadanos.

Pero vamos a ver: todos esos discursos también tienen que entrar en la valoración que los ciudadanos hagamos desde ahorita y hasta ese momento del próximo domingo en que, con valor civil y responsabilidad ciudadana, acudamos a las urnas para emitir nuestro sufragio. Porque sí, primero que nada, pues hay que ir. Y si usted conoce a alguien que haya manifestado ya su intención de no votar, pues no estaría mal que por el contrario le aconseje hacerlo, pues sólo así empezaríamos los ciudadanos a hacer el “cambio verdadero”, ése que todos los candidatos y los partidos presumen, pero que en realidad está en nuestras manos.

El cambio empieza, por supuesto, por lo que haga cada uno de nosotros. En que dejemos a un lado la apatía que –lamentablemente– nos caracteriza, y en que retomemos las riendas del civismo que deberíamos profesar: no sólo el respeto a la ley, sino el acatamiento de la norma y el cumplimiento de nuestras obligaciones como lo que son, obligaciones civiles.

Y todo eso hacerlo al mismo tiempo (que sería lo ideal) con la familia, con los amigos, con los vecinos. Que es cierto que la palabra podrá convencer, pero el ejemplo arrastra. Y si más personas ponemos el ejemplo de cumplir con esa obligación, otro gallo seguramente nos cantará en decidir el destino de nuestra nación.

No importa si entre los propios familiares, amigos o vecinos unos votarán por una opción y otros por otra; no importa si durante las campañas apareció un distanciamiento por “diferencias ideológicas” (que no hay tales, no veo a nadie filosofando sobre principios fundacionales o estatutos partidistas); no importa si en las redes sociales nos dimos hasta por debajo de la lengua dizque defendiendo a tirios o troyanos. El chiste es hacer ciudadanía juntos, vivir los valores de la democracia en sociedad y no en sectas o facciones, que esa práctica a nadie le hace bien y, por el contrario, sí divide y confronta.

Dejémonos ya de recriminar irracionalmente al que piensa diferente; fomentemos la tolerancia y por supuesto el diálogo; discutamos, sí, pero sin pleitos, que son dos cosas totalmente distintas; y cualquiera que sea nuestra posición o afiliación o simpatía política, respetemos al otro, porque los políticos y los gobernantes van y vienen, pero la sociedad, los amigos, la familia, los conocidos, los compañeros de trabajo, seguimos siendo los mismos y viéndonos la cara todos los días.

Pongámosle nosotros, los ciudadanos, un verdadero “hasta aquí” a la apatía, a los pretextos de que “ninguno me convence”, o “no me dieron lo suficiente”, o “al cabo todos son iguales”. Vayamos a votar el próximo domingo, como primer paso de una nueva vida democrática personal. Y ya paremos todas esas amenazas de que el país se incendiará si gana tal o cual, que a nadie nos conviene, y sería totalmente irresponsable llamar al pleito civil, con tal de que unos cuantos se hagan con el poder. El poder está en nuestras manos, ¡ejerzámoslo!


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